Para ser ciudadanos, hay que dejar de ser estúpidos, o sea, no se debe de estar leyendo, escuchando o viendo, ni de casualidad o “a ver en qué andan” a los venenosos izquierdistas que llevan en sus cabezas neuronas cargadas de dinamita y maldad permanente, porque ese veneno es mortal, produce una degeneración absoluta y reniega de la verdad, a fin de “volver a construir, otras verdades superiores” (la mentira por encima de la realidad).
En el extremo izquierdo hay más militantes y activistas del enfrentamiento; son los progres y caviares que vienen heredando el crimen y la prédica de Sendero luminoso y el MRTA, suavizando sus discursos y colocando rostros “casi normales” que los suben en las redes sociales, como si esas miradas de odio de antes, que se vestían con un traje a rayas en una jaula de la Base Naval del Callao (¡bien merecido destino!) las hubiéramos olvidado. La acción subversiva pretende romantizar, pituquear, clasemedianamente adoptar lenguajes, mensajes y ofertas de una paz inexistente, de un encuentro improcedente entre la degeneración de la violencia marxista y la protesta ciudadana que no va en el mismo rumbo jamás.
Las izquierdas están aisladas de la ciudadanía, pero son un virus que busca dañar y contaminar, se colocan y se esparcen en la sociedad hipócritamente, legalmente primero, hasta romper la legitimidad de sus objetivos. Van cambiando la esencia de los valores, principios y virtudes para instalar narrativas de reemplazo que contaminan el diálogo social, el encuentro colectivo. Lo real se vuelve desechable y lo por imponerse se hace lógico. Por eso a los delincuentes terroristas los sacan “antes” de prisión, les reducen sus condenas de cadena perpetua, minimizan sus asesinatos y le trasladan a la Policía y las Fuerzas Armadas el crimen de ellos, la lesa humanidad de ellos y así, son héroes los asesinos y son culpables los héroes.
Hoy en el Perú, vienen con los cuentos de antes para engañar como antes, pero no debemos hacerles casos, ni siquiera oírlos, porque los peruanos no nos unimos a los terroristas vestidos de partido político, se llame como quiera denominarse, quizás “juntos”, quizás “lo justo” o “nuevo” Perú. No, no los pongamos en la misma mesa, en el mismo escenario, porque el de las izquierdas del odio es el paredón, no el Congreso, no un Ministerio ni siquiera una alcaldía o gobierno regional. Se acabó considerar a las izquierdas extremistas como posibilidad de estar compartiendo espacios en democracia.
La esperanza de reconciliación nacional es entre peruanos, no con terroristas enmascarados como “políticos”.

