La política es una plataforma de rivalidades y de enconos que “se tienen que utilizar, si quieres avanzar en tus objetivos y los de tu organización partidaria”; el fin no justifica los medios, te los reclama y debes aceptarlos en la misión del enfrentamiento porque te han hecho creer que “ese es el camino y la verdad”, cuando significa todo lo contrario, pero ser divergentes es un pecado, aun para los no creyentes, que asumen como fe su ideología y el error de sentirse por encima de los demás. Nos encontramos blandiendo las espadas del convencimiento sobre la ingenuidad ajena, la tremenda ignorancia, la desesperante estupidez que proclama nuevas verdades, verdades contrarias a la realidad, con el único de fin de hacer que la destrucción nos apasione y nos reviente. Tus espadas afiladas no te permiten aceptar que existen errores en tu concepción de los demás y por eso, los tajas en rodajas y te los engulles con placer: eres un ser superior, el imbécil destructivo.
Por ejemplo, desacreditar personas es peor que asesinarlas, ya que las vas matando de poquito en poquito, sin darles respiro en la agonía que les produces. Descalificar instituciones parece ser un requisito de vida antes que salgas a las calles, donde te sientes abandonado por las instituciones a las que vas a pedir auxilio, mientras por otro lado las vas matando, lentamente, agresivamente. Todo está mal -dices hablándote interiormente- pero no es así, ya que has comprado la ideología del odio que las izquierdas producen por esporas e invaden el alma y la razón.
¿Estamos debilitados y no nos rebelamos, sino que no sabemos revelar nuestra incapacidad? Algunos quizás, la mayoría de ninguna manera y eso lo vemos en las redes sociales con una extraordinaria manifestación de lucha contra la opresión ideológica del marxismo envuelto en caretas de progresismo y “tolerantes intolerantes”.
Pocos asumen la valentía y la hidalguía de dar algo de su confianza hacia sus oponentes, en aras de conocerlos, de conversar sin pactar, de buscar que puedes ser un elemento de diálogo político con el mismo que no te cree nada, pero podría darte un espacio de credulidad.
En el Perú se ha sustituido el consenso entre ciudadanos, por la lógica del antagonismo, que nos estanca como sociedad, familias y personas, pero aún hay una esperanza, aún existe esa posibilidad y necesita gentes que se atrevan a lanzar el primer buenos días, la primera muestra de voluntad y por supuesto, el permanente celo por dar confianza, a cambio de honestidad y transparencia.
Anímate a rehabilitar una ciudadanía activa.
