Todos eran oposición democrática -salvo los comunistas confesos y comunistas asolapados- cuando estaba en el poder, por un golpe de Estado, el general Juan Velasco Alvarado, militar populista inclinado a la izquierda junto a una serie de “académicos acompañados de políticos, empresarios mercantilistas y dirigentes de segunda” que no tenían ninguna representatividad y buscaban congraciarse con el dictador-golpista para usufructuar del poder nacional. Se juntó lo peor del país, bajo el mando de militares que traicionaron su juramento y principios-
Para eso, formaron nuevas agrupaciones de respaldo a la dictadura militar izquierdista, justificando sus crímenes, mientras el APRA, Acción Popular, el Partido Popular Cristiano y el Movimiento Democrático Pradista tomaron el discurso de rebeldía ante los atropellos a las libertades e hicieron suya la propuesta de retorno a la democracia, como oposición a la dictadura, al gobierno de izquierda que se contaminaba con la ideología marxista a diario.
Sin libertades, sin democracia, pasaron doce años para volver a reconstruir la democracia, con el gobierno del Presidente Fernando Belaúnde Terry, en alianza con el Partido Popular Cristiano de Luis Bedoya Reyes. En esos años, la oposición democrática era claramente representada por el APRA, dirigida por Armando Villanueva Del Campo, Andrés Towsend y una serie de líderes formados por el ya fallecido Víctor Raúl Haya de la Torre.
En el extremo izquierdo, los remanentes de la militancia pro-guerrilla y los herederos del dictador Velasco crearon varias “alianzas y unidades de izquierda”, cada una como un pequeño pero activo feudo marxista leninista, maoísta, trotskista y hasta nacionalista, donde estaban los que gozaron de los privilegios concedidos por la dictadura que los crio y apañó. No eran oposición democrática, sino formaciones violentas formando en violencia a estudiantes en las universidades y colegios privados, más que nacionales. ¿Por qué tenían ese objetivo? para constituir nuevos cuadros que reemplacen a los que provenían de sectores populares. La idea de los académicos izquierdistas -predecesores de los caviares y los progres- era conquistar gente nueva que lidere a las masas que no estaban bien educadas, pero que sea proveniente de las incipientes clases medias provincianas y limeñas. Así la Universidad Católica -en especial esa casa de estudios- generó desde los años ochenta del siglo pasado, cientos de progresistas y nuevos marxistas acomodados, rebeldes sin causa, fanáticos clasemedieros de Fidel Castro, católicos por el socialismo y cuanta estupidez cabe fuera de la imaginación.
El efecto contaminante fue masivo, pero, nuevas paradojas, sucedió al revés en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde desde esos años ochenta, los estudiantes comenzaron a dar la pelea contra el comunismo.
Luego vino el gobierno de Alan García y la oposición democrática la ejercieron de forma independiente el PPC y Acción Popular, mientras las izquierdas, envalentonadas por el avance terrorista del partido comunista Sendero luminoso desarrollaban la lucha política en un frente y la lucha militar (subversión sanguinaria) en el otro frente.
Y del mismo modo fue cuando luego de García le sucedió Alberto Fujimori, en que se produjeron dos grupos de oposición “oficial”: por un lado, el PPC con Acción Popular y el APRA, y en otro segmento, la totalidad de grupos de izquierda, entre los cuales estaban los protectores del PC Sendero luminoso.
Oposición democrática sí había, pero existían limitantes a su ejercicio. Oposición totalitaria también existía, como un claro dominio en ese campo, de las izquierdas (siempre totalitarias en el Perú).
Estos antecedentes son necesarios contarlos, ya que luego “han habido vaivenes y momentos” de oposición ante los gobiernos establecidos, pero se han juntado situaciones de represión política contra el fujimorismo o el APRA, que si bien no anularon su liderazgo opositor, los ocultaron a la opinión pública con una alianza perniciosa bajo la conducción de los medios de comunicación (que recibieron millonarias compensaciones para manipular a la opinión pública contra el APRA y el fujimorismo, blanqueando a Sendero luminoso y el MRTA).
Con la llegada de Vizcarra como sucesión constitucional y luego con Castillo, la oposición democrática encontró una nueva forma de expansión en dos rumbos: desde el fujimorismo como partido y desde el trabajo de López Aliaga y Renovación Popular como alternativa de gobierno, hasta los millones de ciudadanos independientes que se desempeñaron activamente desde las redes sociales y las calles, en protestas, movilizaciones y expresiones de inmensa magnitud que exigieron la salida de los corruptos Vizcarra y el golpista Castillo. En medio de ellos, son insignificantes los ejercicios transitorios de la presidencia (por su pésimo desempeño y elevada corrupción).
Hoy que nos acercamos al inicio del gobierno de la Presidente Keiko Fujimori, vemos un espacio grande donde deberían ubicarse los que le sigan en la alternancia futura del poder. Existe un espacio para la oposición que se haga de forma democrática y alguien debe tomarlo ahora mismo, por la institucionalidad del país.
No esperemos que se identifique como oposición a los herederos de Sendero luminoso o el MRTA, tampoco a los caviares, progres y extremistas de izquierda que han destrozado espacios y oportunidades ciudadanas.
La oposición debe tener nombre propio, partido y líderes que sean apoyados por una estructura dirigencial en todo el país. ¿Quiénes lo harán? Es una nueva paradoja: no existe lucha, intención, ganas, evidencia alguna sobre qué va a suceder con un “espacio” que nadie ha sabido ocupar como plataforma de liderazgo positivo.
No le demos espacio a la izquierda del odio, construyamos una oposición democrática valiente, que apoye las decisiones de gobierno y tenga una voz de alerta y disciplina fiscal en todo momento.

