El título no es una creencia, un quizás, un tal vez o el resumen de una pesadilla. Es la verdad: cuando los medios de comunicación dejan de informar y empiezan a empujar narrativas como si fueran actores políticos (sea por intereses de dueños o socios de intereses de los accionistas, ideología de periodistas militantes y activistas o ambos), generan exactamente lo que describimos en varios artículos a lo largo del tiempo: muchos resquemores, demasiada incertidumbre, enorme inestabilidad y una percepción creciente y masiva de “mesa inclinada”. Así, la soberanía popular -el voto ciudadano- se diluye bajo presión para “acomodos” que nadie pidió, que nadie votó, nadie eligió como propuesta de gobierno.
La señora Keiko Fujimori ganó limpiamente las elecciones de 2026 en una segunda vuelta muy ajustada contra un candidato de poca transparencia y mucho lenguaje violento, Roberto Sánchez (margen de decenas de miles de votos, según conteos de ONPE y proclamación del JNE). Es la primera presidenta electa en la historia del Perú, de forma democrática, tras varios intentos previos. El voto fue muy claro: apoyo intenso en las zonas urbanas en todo el país y en las rurales de la costa y selva en especial, así como en los peruanos en el exterior. El mandato y la decisión del voto ciudadano no tuvo ni una sola observación electoral nacional ni internacional.
Hoy en día, la presión mediática -exigir ministerios clave, PCM o presidencias de las cámaras de senadores y de diputados para los perdedores- encaja en un problema recurrente en Perú y América Latina. Los medios no solo cubren; enmarcan la “exigencia” como reconciliación o gobernabilidad, cuando en realidad el electorado rechazó esa opción al votar.
Esto genera un perverso intento de deslegitimación del ganador: Sugiere directamente que la señora Fujimori no tiene “derecho” pleno a formar su gobierno, pese al mandato inobjetable. Además, configura un malicioso incentivo de perversidad (va escalando el odio): Premiar a perdedores con cuotas de poder no obtenidos por las urnas, lo que debilita la accountability electoral. Crea un ambiente de inestabilidad perniciosa: En un país con historial de congresos fragmentados y crisis políticas frecuentes (como post-2021), esto alimenta incertidumbre económica y mayor polarización. Los votantes de Keiko Fujimori se pueden sentir traicionados si ven “ceder” lo que ganaron en las urnas: el gobierno nacional y las decisiones nacionales.
No se trata de una reconciliación legítima (es decir, diálogo sobre políticas nacionales), sino el empujar a una manipuladora negociación post-electoral disfrazada de moralidad. La “mesa de iguales” es el ideal que una democracia debe y tiene que edificar: competencia, luego respeto al resultado. La mesa inclinada es otra cosa.
Esta “intencionalidad de manipulación y presión miserable” daña la democracia de varias formas verificables cuando los medios sesgados amplifican extremos y minimizan matices. Estudios globales (Reuters Institute, etc.) muestran que la confianza en los medios cae totalmente cuando se percibe el activismo de intereses políticos y mercantilistas, junto a un entorno de inestabilidad que empeora el problema.
No es exclusivo de un lado. Medios de izquierda en especial, han hecho lo mismo contra la derecha (y viceversa). El daño es estructural: periodismo como militancia socava el pluralismo real.
Una presidente elegida democráticamente tiene legitimidad para nombrar su equipo. Las coaliciones siempre son legítimas al ser negociadas transparentemente por méritos, valores o gobernabilidad y no impuestas por presión mediática. La Constitución y el voto definen el mandato.
En resumen, vemos que existe una campaña de daño contra el país, contra la frágil y debilitada democracia que hay que reconstruir y rehabilitar. Se está intentando generar inestabilidad al cuestionar el veredicto ciudadano y fomentar una élite mediática-política por encima del pueblo.
El Perú necesita gobernabilidad basada en el mandato del voto ciudadano, no en las presiones subliminales que los medios de comunicación quieren seguir ejerciendo innoblemente.

