En estos momentos, nos encontramos en una peligrosa cuerda floja y si no tenemos una posición madura y prudente: “ni fe ciega en Fujimori, ni rechazo visceral”, podemos caer en la trampa que están poniéndonos cada día los extremistas de los medios de comunicación y los extremistas de los grupos de poder, junto a sus aliados mercantilistas, a fin de “enamorar con nuevas frases e historias” el odio hacia este tiempo de rehabilitación de la Democracia. Lo señalamos de nuevo: la misión innoble es destruir a Keiko Fujimori primero y luego a Rafel López Aliaga, no importa los efectos del ataque.
El peligro para los ciudadanos y sus familias, más que el efecto contra Keiko Fujimori no es unilateral. Hay grupos de poder (económicos, mediáticos, ideológicos y criminales) compitiendo por convertirse en grupos de presión (vía extorsión) que capturen el Estado más allá de las urnas y en todos los niveles posibles. En esa carrera por el poder, ansían vacancias y renuncias vía la violencia y la victimización, usando desde ahora nuevas narrativas que vayan envolviendo a los ciudadanos en miedos, contradicciones, temores y verdades impuestas contra la verdad que sabemos está siendo sustituida.
Desde el nuevo gobierno existe un riesgo de no controlar su poder, de hacer nombramientos cuestionables o incurrir en la incomprensible tolerancia a prácticas clientelistas. Si usan narrativas de “estabilidad” para justificar excesos -como si la estabilidad fuera complicidad o encubrimiento-, caerán en lo mismo que critican.
Desde la oposición “democrática” existe otro tipo de riesgo de presión -mediática- para “exigir” cargos clave, posiciones de gobierno y manejo de presupuestos, puede ser producto de un legítimo diálogo, pero se vuelve chantaje cuando se ignora el mandato electoral o los recomendados son parte de la incompetencia que no les permitió ser, a ellos, el gobierno.
Y desde la oposición extremista y totalitaria, los sectores que nunca aceptan resultados cuando no les favorecen (denuncias de fraude sistemáticas, movilizaciones disruptivas, judicialización) ya se está haciendo la siembra de la narrativa de choque y critica a cuanto haga la Presidente de la República.
La plataforma de narrativas en este momento es la herramienta principal de enfrentamiento hoy. Medios, redes, influencers y auto percibidos opinólogos construyen realidades paralelas, como por ejemplo: “la amenaza a la democracia” vs. “la persecución política”. Esta guerra de panfletos y guiones desestabiliza esperanzas (de los que votaron por un cambio) y recelos (de los que temen autoritarismo, pero nunca lo han vivido, ni lo conocen). El resultado puede devenir en la parálisis, desconfianza y a la vez, oportunidad para que los cárteles de la política (no el pueblo) decidan.
Es perverso porque debilitan la democracia representativa. El voto debe tener consecuencias reales a lo largo del tiempo; si siempre se negocia post-elección bajo presión mediática y de grupos mercantilistas, el ciudadano se siente estafado. Es imprudente crear un espacio de “ven a mí, el país te necesita”, con aquellos que decían, gritaban, se exasperaban contra Keiko Fujimori y ahora, por un puesto como ministro, lucen una sonrisa de hipocresía en el juego de más alto riesgo que está haciendo el fujimorismo: el confiar en sus verdugos “democráticos” para que esos verdugos no se vayan con los extremistas de las izquierdas que siempre los han acompañado en la misma narrativa (una apuesta poco sostenible, cuando pudo dejarse de lado a esos actores que siempre han estado en contra de Keiko).
En última instancia, la democracia no depende de líderes perfectos (no existen), sino de mecanismos que limiten abusos y, se requiere de ciudadanos vigilantes, que no se dejan arrastrar por narrativas unilaterales. El verdadero antídoto contra elites manipuladoras es más transparencia, competencia real y escrutinio constante.

