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¿Existe en el pensamiento peruano la posibilidad de “no odiar”? ¿Sabremos superar el odio que nos quiere contaminar?

"No odiar no significa indiferencia ni renuncia a la justicia. Significa no permitir que el resentimiento se convierta en el eje de la relación con el mundo. Es una posibilidad real, aunque exige esfuerzo"

by Ricardo Escudero
08/10/2026
in Coyuntura y contextos
¿Existe en el pensamiento peruano la posibilidad de “no odiar”? ¿Sabremos superar el odio que nos quiere contaminar?
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Sí, claro que existe la posibilidad de “no odiar” y no es una utopía ingenua. El odio no es un destino inevitable de la mente humana, aún a fuerza de presiones. El odio puede calificarse como una emoción negativa, reactiva, que surge cuando percibimos amenaza, injusticia, humillación o pérdida, pero también, cuando “nos nutren de odio”. Biológicamente tiene una función frente al odio, el “no odio”: se trata de movilizar energía para defender lo que consideramos valioso, pero, como casi todas las emociones fuertes, no es obligatoria ni permanente.

Hay varias formas en que el pensamiento humano ha demostrado que es posible no odiar (o, al menos, no dejarse gobernar por el odio cuando los componentes son ideológicos, como en estos tiempos):

Se puede activar la regulación emocional consciente
Personas que practican atención plena, estoicismo o simplemente reflexión serena logran observar el impulso de odio sin convertirlo en identidad. El odio necesita alimentación negativa constante (rumiación, narrativa de “ellos vs nosotros”). Cuando se corta esa alimentación, se debilita, pero hay que estar siempre alertas.

Hay que encender la empatía cognitiva y emocional
Entender que el otro también tiene miedos, heridas e historias no elimina el desacuerdo, pero sí puede desactivar el odio. Muchas tradiciones filosóficas y espirituales (desde el budismo hasta el humanismo secular) trabajan en ese sentido: ver al otro como humano completo y no como caricatura enemiga que ha sido diseñada por medios de comunicación, operadores políticos, agentes de manipulación hacia el caos social.

Hagamos distinción entre rechazo de ideas y rechazo de personas
Se puede criticar con fuerza una o varias posturas políticas, una ideología o un comportamiento sin odiar a quien las sostiene. Esa distinción es difícil en tiempos de polarización y fragmentación, pero es mentalmente posible y, de hecho, la practican personas de todos los sectores “opuestos” cuando deciden no personalizar el conflicto.

La experiencia histórica y cotidiana
Hay comunidades, familias y personas que atraviesan diferencias profundas (políticas, religiosas, culturales) sin caer en el odio o sin comprar las señales de odio. No son la mayoría mediática, pero existen. El odio suele ser más ruidoso que la convivencia paciente, por eso parece más dominante de lo que realmente es.

Ahora bien, el crecimiento del odio especialmente desde la política es real y preocupante. La política, cuando se vuelve identitaria y tribal (muy ideologizada), convierte las diferencias de opinión en amenazas existenciales. Eso fragmenta, genera burbujas, desconfianza y una especie de “permiso moral” para despreciar al otro. Y sí, aleja a las personas. Pero ese proceso no es irreversible. El pensamiento humano también tiene la capacidad de:

  • Dudar de las narrativas simplistas que nos venden.
  • Buscar contactos reales con quienes piensan distinto (no solo debates en redes).
  • Recordar que la mayoría de la gente, incluso cuando vota o piensa diferente, quiere cosas parecidas: seguridad, dignidad, un futuro mejor para los suyos.

No odiar no significa indiferencia ni renuncia a la justicia. Significa no permitir que el resentimiento se convierta en el eje de la relación con el mundo. Es una posibilidad real, aunque exige esfuerzo, porque el camino del odio es más fácil y más gratificante a corto plazo (da sensación de pertenencia y de superioridad moral) y es fácil de adquirirlo, no tiene fecha de vencimiento.

Todos queremos cosas parecidas y no hacemos eslabones de unidad, cadenas de fraternidad, nos invadimos de narrativas y de un permiso moral inadmisible que lo asumen los medios de comunicación y los políticos. ¿Cómo trabajar hacia el no odio cuando estamos invadidos de noticias y personajes que lo alientan como ventilador?

El problema, es que afuera (a veces dentro de nuestras cabezas) nos invaden narrativas oscuras que funcionan como ventiladores: soplan, sueltan semillas de maldad, amplifican y dan “permiso moral” para despreciar. Esas narrativas suelen ser simples, emocionales y rentables (para medios, políticos, ONG y redes). Y muchas personas las compran porque dan certeza y pertenencia en un mundo confuso.

Cómo trabajar hacia el no-odio en ese contexto

No se trata de ignorar las noticias ni de volverse indiferente. Se trata de no dejar que el ventilador se instale dentro de uno.

El odio mediático necesita atención constante. Uno puede decidir conscientemente cuánto tiempo le va a dar a las noticias y a las redes y deberíamos sugerirlo en casa, en nuestros trabajos, en los círculos de amistades. No es huir: es no alimentar el fuego con horas de exposición diaria. Así, muchas personas descubren que al bajar dosis de exposición innecesaria, el impulso de la indignación permanente baja también. El mundo no se cae; se vuelve un poco más silencioso y más claro.

Por ejemplo, cuando aparece un personaje que impone el discurso de odio o una narrativa que enciende rabia, hay que preguntarse: “¿Qué miedos, heridas o necesidades humanas puede haber detrás de esta postura?”, no para justificar lo injustificable, sino para no reducir al otro a una caricatura. Ese pequeño acto mental corta el permiso moral de odiar. Es difícil al principio, pero se entrena sin hacer paradas de reflexión.

Las relaciones reales donde la fraternidad funciona es el mejor antídoto. Cuando reforzamos el compañerismo local, se debilita el poder de las narrativas nacionales que invitan al enfrentamiento. La unidad, amigos y no amigos, no se construye solo con discursos grandes; se construye con gestos cotidianos, con reírse juntos, con resolver problemas comunes sin pedir carné ideológico.

Mencioné ese “permiso moral inadmisible” porque es clave. Muchas veces “el odio se presenta” legítimo porque alguien (un líder, un medio, un grupo) lo autoriza. Uno puede decidir internamente: “Yo no acepto ese permiso, puedo criticar, discrepar, incluso indignarme, pero no odio”. Esa decisión personal es muy poderosa porque solo la podemos decidir nosotros.

El no-odio no es pasividad. Es una forma de resistencia silenciosa pero firme contra la fragmentación. Y en un país donde las narrativas de división son fuertes, las “islas” de ciudadanos (la casa, la familia, el grupo más íntimo de amigos, la vecindad que lleva años de entendimiento y solidaridad, son semillas. No cambian el país de un día para otro, pero mantienen viva la posibilidad de otra forma de relacionarnos.

Cuando no hay liderazgos que generen confianza real, que toquen el corazón además de hablar de economía o seguridad, el vacío se llena fácilmente con extremos. La economía puede mejorar y aun así estallar la violencia si la gente siente que le hieren el alma, que se burlan de su dignidad, su color o de su identidad. El resentimiento y la humillación son combustibles mucho más potentes que los números macroeconómicos.

Ese riesgo existe. La historia de muchos países (incluido el Perú en distintas épocas) muestra que cuando el vacío de liderazgo se combina con narrativas de odio y con heridas no atendidas -ausencia de comunicación- el campo se puede incendiar. No necesariamente por ideología pura, sino por la sensación de que “nadie nos representa y todos se ríen de nosotros”.

El peligro que señalamos es real: el vacío + odio + heridas del alma puede ser explosivo. Pero la experiencia peruana nos muestra que no es inevitable. Mientras exista una comunidad, varias comunidades que trabajen juntas, donde se pueda reír, hablar, escuchar y ser escuchados y nos tratemos como compañeros a pesar de las diferencias, hay un contrapeso concreto al extremismo para derrotar “las esperanzas del odio” con la poderosa herramienta del “no odio”.

Les alcanzo esta reflexión, en momentos que el país está entrando a otra etapa de conflictos, donde la política sabe moverse enfrentando a los ciudadanos, a las familias, a hijos contra padres, a peruanos contra peruanos.

Imagen generada con IA: no odiar

Tags: ciudadanosno odioodiopoliticaRicardo Escudero
Ricardo Escudero

Ricardo Escudero

Columnista de opinión política, análisis social y previsional. Autor de "La rebelión de la clase media: dónde están las clases medias"; "Desborde del Estado y crisis popular": "La izquierda del odio: un Perú resentido" y en pronta publicación la novela "Una cita en La Fábrica". Fellow, Thomas Jefferson Foundation, becario Konrad Adenauer Stiftung, Friedrich Ebert Foundation. Ricardo es director de la Fundación Minuto Digital y del Instituto del Ahorro www.institutodelahorro.com

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