América Latina se está liberando hoy de la izquierda del odio y de la agenda progresista que ha envenenado por mucho tiempo a millones de personas que lentamente rompieron, unidas por fin, las cadenas del sometimiento a la dictadura electoral y la dictadura de los medios que colocaba extremistas de esas izquierdas de virus y maldad en los gobiernos centrales y subnacionales, en los parlamentos y en cuanta institución demolía para acentuar una estructura de largo tiempo donde la democracia era demolida y la Libertad, sometida. Años de manipulación y la puesta en escena de modelos que sustituían el poder del voto, por el poder de la ideología marxista leninista que se superponía a las estructuras sociales y decisión ciudadana. Un gran trabajo de la perversidad sobre la inocente mirada, complicado silencio y comportamiento autómata de la aceptación de lo que ocurría, sin hacer nada para revertir tanto abuso, arbitrariedad e intolerancia.
El laboratorio de poder político le funcionó a las izquierdas del odio -hablando en plural-, que divididas siempre, buscaron encontrarse electoralmente, aprovechando las condiciones que la democracia que quieren destruir les ha facilitado siempre, para meterse en los estamentos de la sociedad a fin de hacerlos explotar desde adentro.
La imposibilidad del diálogo fue el centro de la operación comunista, digámoslo con su nombre: comunista, que disuelve los ejes democráticos y los pone debajo de la orden mediática de nueva gobernanza, donde se estimula la ira y el odio, el resentimiento y la agresividad para que las amenazas y los riesgos crezcan libremente sobre la racionalidad y el equilibrio. Romper, arrasar, destruir, demoler, frustrar a otros -sombras-, denigrar a muchos -los enemigos que califico como enemigos hoy-, fabricar falsedades y judicializarlas porque es un derecho maltratar y arruinar vidas, honras y prestigios, en la mentalidad de izquierdas. Ese es el escenario provocado de la lucha por eliminar rivales, ciudadanos, familias, pueblos, comunidades, naciones, para imponer la nueva dictadura, la nueva libertad, la nueva democracia, los nuevos medios…. la nueva esclavitud del totalitarismo comunista hoy llamado “alternativa progresista”.
Y así, vemos que de todo este marco que funcionó aterradoramente en la Latinoamérica apática y silenciosa, no nacieron los líderes revolucionarios que esperaban tener las izquierdas en reemplazo o imitación de Fidel, Hugo Chávez y para de contar porque no hubo ni hay algo parecido felizmente, sino rostros de imposición mediática que necesitan, se alimentan y conviven con la corrupción y la impunidad para cubrir su falta de conciencia y de identidad con las masas que, cansadas, se han movilizado electoralmente en un derechazo imponente.
No se puede revertir el agotamiento ciudadano frente a los mismos de siempre -las izquierdas del odio-; no se puede revertir el límite de las capacidades de los que ofrecen lo mismo de siempre (…pueblo, pueblo, pueblo); no se puede haber perdido donde están los centros de decisiones, para pedir otra vez, de nuevo, que voten por Lula o por Bachelet cuando no explican el futuro y se quedan en el recuerdo que los condenó a perder su espacio y reconocimiento temporal, no duradero y eso, la duración, nunca la entiende la izquierda.
Hoy, los escombros de la izquierda no producen renacimientos. Ni Lula, ni Bachelet o los mastines de segunda generación comunista son una opción, una alternativa popular de gobierno en América latina y, sus mastines de la tercera generación, tipo Castillo, Petro y Sheinbaum, son lo que queda de un mal momento que no se debe ni puede repetir, jamás.
La izquierda del odio necesita su lápida permanente.

