El cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, dejó el sábado 24 de enero una advertencia sin ambigüedades durante las XLVII Jornadas Nacionales de Delegados de Apostolado Seglar: «ningún partido puede pretender decir: “Nosotros somos el voto cristiano”». El diálogo, conducido por Cristina Sánchez Aguilar, directora de Alfa y Omega, reunió a más de 120 participantes presenciales y superó las 1.250 inscripciones para el seguimiento en línea, bajo el lema “Iglesia que camina con la humanidad”.
Cobo animó a los creyentes a hablar del voto con otros cristianos, también con quienes eligen partidos distintos, y a tomar esa decisión atendiendo a la complejidad del conjunto social, no al beneficio propio o del grupo. Calificó de «provocación profética» que, en una sociedad tan polarizada, personas con convicciones políticas opuestas puedan mirarse a los ojos y conversar con respeto. El compromiso, subrayó, no termina en las urnas: votar implica también evaluar de forma continua las decisiones de los representantes elegidos.
Riesgos para la presencia pública cristiana
El arzobispo de Madrid identificó dos peligros concretos: los entornos cerrados donde solo circulan voces afines, y la llamada «batalla cultural», que convierte a la sociedad en adversaria y ata la fe a determinadas posiciones políticas. Advirtió igualmente contra la repetición de fórmulas del pasado y contra una adaptación que acabe diluyendo la identidad cristiana. El obstáculo de fondo, a su juicio, es la subordinación de la fe a la ideología: seleccionar del Evangelio únicamente lo que confirma las propias convicciones.
Frente a eso, reclamó una formación de la conciencia sostenida en la oración, el conocimiento de Jesucristo y la humildad para dejarse corregir. Un proceso que exige comunidad, deliberación y responsabilidad sobre las consecuencias de las decisiones tomadas. Al enumerar los valores que necesita una democracia, Cobo citó la dignidad humana, el respeto a la vida, la acogida del migrante, la familia, el trabajo, la división de poderes y los mecanismos de control institucional.
Método para la transformación social
El punto de partida de toda la intervención fue la pregunta que un joven formuló en un grupo cristiano: «¿Vuestros grupos están transformando la sociedad?». Para el cardenal, esa es «la gran pregunta» a la que debe responder la doctrina social de la Iglesia. Propuso como método una versión actualizada del ver-juzgar-actuar: comprender qué está ocurriendo, preguntarse por qué sucede y discernir qué puede hacerse de forma conjunta, partiendo siempre del Evangelio y de los más vulnerables, con la dignidad humana como referencia, y revisando después los resultados.
Cobo cuestionó que el compromiso cristiano se mida por las horas dedicadas a actividades parroquiales. «La vida familiar, la vida profesional, la vida ciudadana son lugares de la vocación», afirmó, de modo que cuidar a los hijos, participar en asociaciones de familias o asumir responsabilidades vecinales forman también parte de la misión laical. Presentó la sinodalidad como un «antivirus al individualismo» y lamentó que desde dentro de la Iglesia se reduzca Cáritas a una mera ONG.
Trabajo, tecnología y vivienda
En el ámbito laboral, el arzobispo planteó si el trabajo es tratado como una mercancía prescindible o como expresión de la dignidad de la persona. Desde ahí, reclamó dar voz a los trabajadores y examinar cómo se distribuyen los frutos de la tecnología. Cuestionó que el beneficio empresarial sea el criterio último y que sus réditos correspondan solo a quienes aportan capital: «Los trabajadores están aportando su vida», subrayó.
Sobre la inteligencia artificial, recordó que el documento Magnifica humanitas sitúa la protección de cada persona como criterio rector, y preguntó quién controla la tecnología, para qué se emplea y a quién beneficia, reclamando transparencia y atención a quienes padecen sus efectos. Frente a una cultura centrada en el éxito y los resultados, reivindicó el valor de los límites, la fragilidad y el cuidado.
Sobre la vivienda, Cobo se refirió a las movilizaciones registradas en la Puerta del Sol y lanzó una pregunta directa: «¿Alguien les ha escuchado?». Reconoció que existe «un clamor, independientemente de dónde venga» y reclamó atenderlo: «Hay que escucharles, no etiquetarles». Tener un hogar donde desarrollar la vida y un proyecto familiar es, a su juicio, una exigencia de la dignidad humana. Introdujo el concepto de «caridad política»: ayudar a una persona concreta compromete también a intervenir sobre las condiciones estructurales que mantienen a otras en la misma situación.
La Iglesia como puente
La Iglesia está llamada, en su visión, a «poner la mesa»: facilitar encuentros, incluso entre responsables de distintos partidos, y generar redes que hagan posible escucharse. Frente a quienes obtienen rédito de la polarización, reivindicó las comunidades capaces de reconstruir vínculos con una palabra «desarmada y desarmante». Reclamó asimismo presencia cristiana en la cultura, la política, la economía y las distintas profesiones, respetando la autonomía de esos ámbitos, y pidió cuidar y sostener a quienes asumen responsabilidades políticas.
Las jornadas, integradas en el itinerario formativo sobre «Presencia Pública» que arranca del Congreso de Laicos de 2020, trabajaron cuatro ejes: el bien común como horizonte de la acción política; la elaboración de propuestas para hacer frente a la pobreza; la inserción en el entorno y el asociacionismo de barrio; y el fomento del compromiso ecológico en las comunidades cristianas. El programa incluyó también una propuesta cultural sobre el arte sacro, la ponencia dominical Aquí y ahora: Sinodalidad y compromiso en la vida pública, y una presentación del proceso de los miembros del Consejo Asesor de Laicos. Raúl Tinajero Ramírez, director de la Comisión para los Laicos, Familia y Vida, clausuró el acto.

