Las condiciones geográficas e históricas de Chile permiten conocer y agrupar lo que yo llamo “los cinco chilenos”, quienes, con sus diversos matices viven en dieseis regiones. El nombre no tiene carácter peyorativo, solo agrupa carismas. Porque la aridez entre Arica y Rancagua alberga principalmente al carisma minero y comerciante, lo mismo que el verdor andino, entre Rancagua y Puerto Mont, siempre albergará el carisma huaso, ganadero, agricultor y agroindustrial.
Además, está el carisma navegante, marisquero y pescador a lo largo de toda su geografía. Sin embargo, el de, desde Puerto Mont a Punta Arenas, es muy especial. Entre ellos se incrusta el carácter metropolitano, más industrial o burócrata, el cual no está exactamente al medio, ni en lo político ni en lo geográfico, porque Santiago está a 1,662 km de Arica, en un país con 4,270 km de largo y entre 100 y 90 km de ancho.
Son ellos, en esencia, aunque la modernidad les haya sofisticado, porque Chile es un país muy abierto. La suma de exportaciones e importaciones representó el 55.3% del PBI en 2024, y la diferencia entre ambas, sólo fue de 20 mil millones en ese mismo año. Por ello cada año, se preparan y se ponen alineados y en fila desde la primavera austral para poder transportar sus productos y traer sus sueños por todo lo largo que son. Porque la eficiencia en Chile siempre será logística.
Quien no los conoce no los entiende, no los aprecia. No sabe lo que cuesta hacer florecer en alturas y fríos, conquistar golfos, estrechos, canales e istmos todos los días, sobre todo, los lluviosos; lo que cuesta arrancarle al desierto tesoros de las entrañas, cuidarse de los fríos para no perder espacios en una carretera. Cinco chilenos que se multiplican en diferentes regiones, pero que están unidos por razones distintas más allá de las diferencias geográficas o económicas.
En los noventa, me encontré con una sociedad chilena prospera, llena de capacidades. De buen hacer, aunque ocurrió el Davilazo[1]. En Chile era plenamente identificable una elite dirigencial, que familiarmente sentía orgullo de sus raíces europeas y de sus propias costumbres. De haber estudiado en colegios con raíces, alemanas, británicas, francesas o italiana, respetando valores y conversando de la universidad mientras se disfrutaba la “once[2]”. Porque ser de la Universidad de Chile o la Universidad Católica, aunque ya relucían algunas otras, redituaba en lo económico como también para enamorar a las siempre guapas chilenas.
Terminado el gobierno militar, la elite política, concertó y viabilizó la vuelta a libertades después de 17 años de dictadura. En los noventa los jóvenes, que habían estudiado en Chile y continuado en universidades americanas, pudieron descubrir que la vida, más allá de las 11 de la noche, no sólo era segura, sino también divertida. Porque el 14 de diciembre de 1989 había ganado la Concertación por la Democracia que encabezó Patricio Aylwin[3].
Brevemente se puede resumir que la concertación, durante 20 años, entre diciembre de 1989 y marzo de 2010, produjo las presidencias de Patricio Aylwin, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. En el 2010 venció Sebastián Piñera de Renovación Nacional, pasando al periodo de conocido como de “alternancia”, con la Señora Bachelet hasta el 2022.
Pero ya residiendo desde el área de Washington, observé que, durante esa alternancia, en particular desde el 2012, se rompe algo más que la unidad de criterios que existía al interior de las elites dirigenciales. La democracia rompe con el superávit fiscal cuando está en el poder, tanto desde la derecha como la izquierda, perdiendo, además, la capacidad de organizar el voto por ser partidario u opositor a dictaduras.
Al surgir nuevos temas para asignar gasto como: mejora de la educación y el endeudamiento estudiantil, la desigualdad de oportunidades, su distribución geográfica y el centralismo, o las pensiones y la protección social, las políticas implementadas, a mi entender, pierden el pudor por cuidar del despilfarro, la inepcia, el entreguismo, el clientelismo y la indiferencia con el uso del dinero de los impuestos como muestra la gráfica.
Ha sido un proceso que ha tomado años que incluso se mantiene hasta hoy, por ser incapaz de cerrar el déficit, el cual pasó por las movilizaciones estudiantiles del 2006 y 2011 así como el estallido de social de octubre del 2019 cuya explosión marcó el calendario a fuego, haciendo visible el deterioro acumulado en la legitimidad fiscal, producto que el sistema había devenido en uno con instituciones incapaces de concretar un proyecto de transformación.
Luego del tiempo transcurrido ya se conoce que el ataque fue financiado desde las izquierdas del exterior. Esas con raíces francesas, británicas, alemanas, españolas e italianas, que aprovecharon de una sociedad insatisfecha con sus instituciones exagerando y exacerbando demandas muy heterogéneas dentro de un largo y logísticamente muy exigido territorio, llevando incluso a que en el 2020 se materialice el intento de reformas constitucionales. Pero dos intentos han demostrado que, en Chile, tener insatisfacción con la constitución no equivale a tener un acuerdo con el cual reemplazarla.
Porque durante el gobierno de izquierda de Gabriel Boric, el Frente Amplio asumió la responsabilidad de administrar, debiendo atender la delincuencia, la inmigración ilegal y el estancamiento económico. Sin embargo, a pesar de la disponibilidad de recursos, el desperdicio, el entreguismo y el clientelismo ha impedido ganar legitimidad institucional. Además, que los años de gobierno de Boric expuso las diferencias entre organizar una oposición social y conducir una coalición careciendo de resultados legislativos para, por ejemplo, una apropiada reforma previsional.

La elección presidencial de diciembre de 2025 abrió una etapa distinta. José Antonio Kast derrotó a Jeannette Jara en segunda vuelta, para el periodo presidencial 2026-2030, obteniendo aproximadamente el 58,2 % de los votos válidos frente al 41,8 % de su competidora, debiendo su presidencia desde la derecha republicana concretar cambios en la seguridad ciudadana, el control migratorio y la reactivación económica.
La historia política chilena de los últimos treinta años confirma que estabilidad institucional y representación democrática no son equivalentes. Producto que la falta de legitimidad fiscal en las políticas ha impedido conservar adhesión ciudadana. La situación que ahora enfrenta Chile consiste en determinar, si su nueva configuración política puede producir acuerdos duraderos, mejorar la eficacia estatal y reconstruir la legitimidad de sus instituciones. Porque un triunfo electoral no concede por sí mismo esa capacidad.
Termino señalando… que los partidos políticos, en el Congreso y el Ejecutivo chileno, tienen la responsabilidad de reconstruir una meritocracia de hechos, no de títulos. Con resultados verificables. Con responsabilidad fiscal y acuerdos institucionales. Si continúan confundiendo las victorias electorales con la recuperación de la confianza ciudadana. La fragmentación podría profundizarse y nuevas fuerzas volverán a disputar el poder sobre el fracaso de predecesores.
Porque la democracia no se fortalece declarando nuevos vencedores, sino recuperando la confianza del votante que paga impuestos. No olviden la historia reciente vivida por la “patrulla juvenil” como se le conocía, en los noventa, al grupo conformado por Evelin Matthey, Sebastián Piñera, Andrés Allamant. Se requiere conformar un grupo unido capaz de superar la ausencia de pega (trabajo) o pitutos (cachuelos o trabajo temporal) en un país que aspira a ser la suiza de américa.
