Sigo con entusiasmo los escritos de Chesterton. He terminado de leer “Cuentos del Arco Largo”. Las historias giran alrededor de un pequeño grupo de amigos que asumen retos alocados en donde sentido común e intrepidez se enfrentan a las reglamentaciones administrativas. Son empresas quijotescas, metas por las que vale la pena luchar, con decisión, sin amargura y mucho sentido del humor. De los ocho cuentos, me quedo con el primero de ellos: “El impresentable aspecto del coronel Crane”.
El coronel Crane es un oficial retirado del ejército. De mediana edad, por los cuarentas, apuesto y muy formal; sujeto a las ceremonias y buenas maneras de la época. Un día, en lugar de llevar su clásico sombrero de copa, se coloca una col como sombrero. Sus vecinos lo miran con disimulado asombro, pero ninguno le dice nada. Invita a almorzar a su casa a un amigo suyo, Owen Hood, junto con su prima, Audry Smith, a quien había conocido hacía poco. En el almuerzo se sirve col cocida como uno de los platos, la misma que había llevado por unos días como sombrero. De ese modo cumplía con una apuesta que había perdido con Owen Hood: ¡comerse su sombrero!
Audry Smith, veinte años, una artista con alma de artista. Jovial, sencilla, nada solemne ni pegada a los formalismos. Crane le declara su amor: “No puedo evitarlo, pero me he enamorado de usted, Miss Smith. Y no me olvido de lo muy distintos que son nuestros mundos, ni de que usted es mucho más joven que yo”. Audry corresponde: “Pues creo que yo también me he enamorado de usted. Y la verdad es que no sé qué diablos tienen que ver los años con lo de quererse o no quererse… Le aseguro que es usted la persona más original que he conocido en mi vida”.
Lo de llamarle “original” le desconcierta a Crane a lo que Audry explica: “Tenga en cuenta que conozco a un montón de personas que ante todo pretenden ser originales. Las escuelas de Arte están infestadas de gente así; abundan, además, los socialistas y los vegetarianos (…) Hacen las cosas simplemente porque toca hacerlas. Lo inconvencional es su mayor convencionalismo (…) Lo de mis amigos es, como digo, líquido e informe; un hombre realmente fuerte es el que sabe hacer el molde y luego romperlo, si le viene en gana”. No le falta razón a Audry y se adelanta en mucho al sociólogo polaco, Zygmunt Bauman con su teoría de la sociedad líquida. Las personalidades líquidas siguen la corriente de agua y se diluyen en ellas, las personalidades firmes; en cambio, distinguen el oro de la grava y suelen ir contracorriente, un don desde luego.
Los ojos del artista, además, tienen una mirada peculiar. Audry mira las cosas en sí mismas, sin las mediaciones –tantas veces engorrosas- de las ideologías o anteojeras pseudo intelectuales que tornan oscuras las aguas claras. Dirigiéndose a Crane comenta: “Pero una col no es, en puridad de criterios, ni cómica ni vulgar (…) ¿No ha reparado en la gran cantidad de artistas extraordinarios que pintaron coles? Bien, ellos sólo contemplaban líneas, colores, tonalidades… Cosas simples y llanamente maravillosas”. Crane va, gustosamente, de asombro en asombro y con reverencia le dice: “Ningún hombre moderno es digno de Usted… Aunque, a decir verdad, tampoco me parece que yo sea un hombre precisamente moderno…”. Tal para cual, cuarenta y veinte, como lo diría el gran José José.
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