“¿Quieres decirme que el señor Roberto Sánchez, un sicólogo que no ejerce su profesión y que no sé cómo está en la municipalidad de San Borja, es una persona preparada para ser Ministro de Estado en Comercio Exterior y Turismo, en el gobierno de alguien que no tiene ni idea de lo que significa gobernar? ¿A ese nivel se llega con la izquierda en el poder?” Esa y muchas otras frases se decían en muchos ámbitos cuando el golpista y hoy recluso Pedro Castillo asumió inexplicablemente la presidencia, luego de un proceso electoral poco transparente, donde los medios de comunicación se jugaron el todo por el todo con la candidatura de un extremista al que luego de pocos meses querían sacar, como colocaron y sacaron a otros iguales o peores (PPK, Merino, Vizcarra).
Incompetencia, fanatismo de izquierda de escritorio, cero dirección partidaria, obsesión de tener el discurso de un predestinado (o sea, él mismo se autocalificaba heroico y heredero de no se sabe quién). ¿Llegó al Congreso y nunca trascendió? Lógicamente, nadie recuerda nada bueno que haya propuesto en bien de las mayorías que él dice representar y que en Lima, le dieron 14,089 votos, de escándalo para un candidato presidencial. ¿Notan algo raro en la votación? Por supuesto. Es incongruente e inexplicable que esos 14,089 sean su base electoral luego de estar cinco años en el Congreso, ser ministro de un golpista y eterno burócrata. De allí que analizamos este caso, dudemos de los votos obtenidos para presidente por el candidato extremista y más bien, esos 14,900 parecen ser su caudal y final.
¿Y qué hace ahora el perdedor? Nadie lo recuerda porque no produce recuerdos. Es un agitador que va a al Congreso de la República como “jefe de gabinete” y nadie sabe qué es eso y nadie sabe quién le ha dicho que es “jefe” porque nadie lo reconoce en esa posición. Es más, en su partido, no rinde cuentas.
Hace poco volvió a decir que “la sólida bancada del pueblo” (risas) se pronunciaba unida sobre temas nacionales y de urgencia, pero no fue cierto, cada uno de sus amores de primavera lo ha dejado de lado, lo desconocen en ese rol de “líder”. No quieren darle ni yapes, ni diezmos, ni cuotas impuestas, porque… ¿quién es?
Lo que señala el autopercibido rostro de las izquierdas del odio, no es más que su bote sin remos, perforado por sus improvisaciones del fracaso, tratando de ser un navegante sobre la arena del desierto de sus votos.
El fracaso de la marca electoral “izquierda del odio”, nunca fue, pero por si acaso, ya fue (risas).
