Uno de los hechos más significativos de esta elección presidencial es el triunfo de la convicción por un sistema democrático -con sus problemas y debilidades, hasta desilusiones-, sobre la perniciosa costumbre de los que han dominado el poder, en sus distintas formas de gobierno, durante décadas de siembra y cultivo de ideologías que únicamente producen enfrentamiento y violencia, como su forma de dominio extremista a través de la educación escolar y universitaria, adoctrinándola, usando a los medios activistas que reproducen el guion del odio, el insulto del resentimiento, para fabricar mentiras y fantasmas sobre la desacreditada política, como impulso al descrédito de las instituciones, muchas de ellas enterradas en el desprecio popular, lamentablemente.
El país ha sido sometido a una era perversa, la era caviar, el tiempo de los odios y el virus que produce miedo y asco sobre la degradación política que destrozó a los partidos que eran en cierta forma, instituciones que iban rehabilitándose luego de cada golpe de Estado, de cada dictadura militar populista e inclusive, socialista, como la del general Juan Velasco, pésimo ejemplo del inicio formal de la era caviar, donde se comenzó a generar cuadros que iban inundando el pensamiento a cambio de negaciones, contradicciones y acciones repulsivas, castigando a los que lograban tener un negocio, una empresa, comercio, una vivienda adicional, una mejor posición gracias a su propio éxito y educación, a su esfuerzo y dedicación. Los disparos de la dictadura fueron contra la educación y los Maestros (reemplazándolos por “profesores” y nuevas autoridades militantes de facciones comunistas que se habían puesto al servicio del totalitarismo). Todo se cambiaba por cuadros “revolucionarios”, marxistas leninistas de escritorio, de clases medias acomplejadas que querían posiciones de poder en el Estado, porque en lo propio fracasaban.
Inundaron la academia, escuelas, sindicatos, gremios y hasta la Iglesia católica (cristianos por el socialismo). En cambio, los colegios profesionales y las sociedades agraria, industrial y minera, fueron la muralla en defensa de la Libertad y la lucha por la recuperación de la Democracia, nuevamente desfalleciente.
Con el tiempo y tomados los medios de comunicación por muchos años de línea editorial y brigadas mediáticas de la revolución que acusaban y condenaban miserablemente a los que resistían a la dictadura socialista, nació una fuerza ciudadana “por islas” desunidas en la organización, pero identificadas en los valores y virtudes.
Pasadas décadas y retornando el rumbo perdido, recomenzamos una nueva posibilidad por la democracia; así, un tercio del país que se formó en la revolución de nueva “democracia” se coloreó a rojo intenso, marxista leninista, maoísta, trotskista y hasta de fanatismos por Pol Pot, Enver Hoxha, Fidel Castro y cualquier populista de extrema izquierda o sus grupos subversivos (M-19, MIR, FARC, Tupamaros, FSLN, FMLN, MRTA, PC-SL) que hacían de su ideología llevada a la práctica, la lucha armada del campo a la ciudad para engañar a ciudadanos desprovistos de una formación mínima, de una educación fundada en principios y patriotismo. No había líderes nacionales, ni dirigentes de masas o colectivos ciudadanos y eso, lo fueron supliendo con círculos de adoctrinamiento que desde las ONG también militantes, invitaban y seleccionaban de sus propios espacios privados, a los que debían estar en cada gobierno ocupando posiciones de trabajo público (usar al Estado para destruirlo después, pero cobrándole a ese Estado el financiamiento de su destrucción).
Luego del paso de Fernando Belaunde, Alan García y Alberto Fujimori, vino la implosión peruana que llevó a una serie de desgracias políticas, al ejercicio de la deshonestidad intelectual y la perfidia política activando una nueva forma de “hacer caja” con la corrupción y la impunidad. Para eso, el control del poder judicial y de los medios se volvió práctica desde el dinero público (avisos, publicidad, control editorial, canje de intereses criminales).
El punto de invasión para que la Era Caviar sea una secuencia se dio con Valentín Paniagua y su gran corte progre que tomó la dirección del Estado -mediante el culto a la sociología y la “inutilología”- que puso en marcha las masivas normas que modificaban la organización territorial en Regiones inútiles que agigantaron la planilla pública hasta multiplicarla en contra de la lógica y la eficiencia. Muchos burócratas, menos recursos: se da la etapa de “mantener” a los ideólogos, dirigentes y sus familias, a los académicos de “nueva era de pensamiento inclusivo y transversa, con enfoque de género” y ¡cómo no! regalar puestos fantasmas de trabajo a los militantes que invadían ministerios, organismos descentralizados, superintendencias, empresas públicas de control sindical y el aparato de la justicia en su conjunto. Nada se les escapaba, en especial las embajadas y representaciones en organismos internacionales donde el Perú, con los caviares, progres y revolucionarios, jamás fue una voz del nivel que exige su ampliamente elogiada tradición diplomática.
La Era Caviar apuntaba a llenar el Estado de militantes, activistas, fanáticos e inútiles, es decir, el reino malévolo de la mediocridad que ha seguido con Toledo, Humala, Kuczynski, Vizcarra, Sagasti, Castillo, Boluarte, Jerí y los que continuaron como modelo de lo mismo de siempre, pero peor. Nadie le puso freno a la invasión de la mediocridad, al contrario, acentuaron la ignorancia como símbolo.
Esa suma de perdedores significó que un millón quinientos mil personas estén ahora en la planilla del Estado y solo se requieran trescientos mil, pero trescientos mil muy eficientes, bien preparados y mejor remunerados, con liderazgo y proyección en una línea de carrera ascendente. La Era Caviar -lo reiteramos una y otra vez- perturbó la eficiencia y la honestidad, las condenó y ha sancionado toda inteligencia suplantándola por activismos de los ignorantes, de los nuevos marxistas que acobardados ellos, se llaman “nuevo Perú”, “juntos por el Perú”, quizás “primero la gente” o cualquier marca electorera de fracaso moral, ético y humano.
Todos esos remanentes del marxismo leninismo y del maoísmo, cubiertos de maquillaje casi democrático, han perdido en estas elecciones contra un solo partido, Fuerza Popular. Eso les ha causado una iracunda reacción que significa denuncias de lo que sea y por lo que sea, para entorpecer el debido proceso electoral y desprestigiar la débil democracia que necesita rehabilitarse, pero que va a dar un rostro de solidez imbatible para estos nuevos tiempos que reclaman el rigor de la verdad y la justicia de la honestidad.
Contradicciones en las izquierdas del odio y la violencia, no son, práctica común de ira y costumbre que se usa como panfleto y griterío que reemplaza discursos, sí lo es. La máscara de presentación de cada izquierda cuando impugna una Mesa de Sufragio, cuando niegan el Voto ciudadano a millones de peruanos por vivir en el exterior o por haber manifestado una decisión contra el comunismo disfrazado, ha provocado una respuesta masiva de alerta y rechazo a los marxistas de verano y comunistas de invierno, mostrado desde cada ciudadano el valor de una valiente decisión individual en Libertad, mediante un golpe de entereza que vence el cansancio del silencio y la indiferencia. Hoy se levanta la Bandera que arriaron y ensuciaron los discursos de los caviares y sus aliados.
Asistimos por eso al fin de la Era Caviar, porque los peruanos están educándose y formándose en Familia, en colegios donde se enseñan valores y principios con Maestros que se rebelan para trabajar y dar ejemplo.
Hoy, desde cada escuela se está poniendo freno a las izquierdas del odio; en las universidades se discute con argumentos y se derrota los fanatismos marxistas; en los sindicatos ya no se toleran las cuotas sindicales para la borrachera de los sinvergüenzas de la licencia eterna y el cobro permanente sin trabajar. Hay una rebelión que se revela por la Libertad y la Democracia y avanza sólida, llevando la Bandera del Perú por delante.
Asistimos al fin de la Era Caviar.

