La izquierda en el Perú no tiene rostro desde Alfonso Barrantes y en cierto modo, desde Javier Diez Canseco, sino una permanente ruleta de máscaras de hipocresía que hierven en odio y en resentimiento por varios motivos: el primero, porque no llegan ni se acercan a un Barrantes, Diez Canseco, Carlos Malpica, un Enrique Bernales, Henry Pease, Luis Pásara y otros representantes de posiciones de una izquierda que al margen de su convicción en el marxismo leninismo, se educaba, leía, conversaba, escuchaba para aprender y participaba siempre en el debate nacional con propuestas importantes, elaboradas con sustento y por eso, se les respetaba. Pero hoy en día, los abrojos de las múltiples y diminutas izquierdas solo activan odio, agresividad, violencia y una enfermiza y cobarde búsqueda de legitimar las acciones de destrucción de la frágil institucionalidad que aún sobrevive a los terribles daños efectuados por gobiernos de izquierda radical -el golpista Castillo-, gobiernos de izquierda caviar como el de Humala y gobiernos arrodillados en pactos mercantilistas con sectores de izquierda “estatal” -PPK-.
De esa larga temporada de descomposición institucional y descrédito hacia la fragilidad democrática en el país, hemos pasado a enfrentamientos insensatos como un medio de impulso forzado “al nuevo debate nacional que se impone y acata”, donde expresiones de ira y agresividad que inventa temas de acusación, es la portada de los medios y de la agenda política. Estamos sometidos a la tribu de la ignorancia y a los clanes de la estupidez.
Para no perder esa secuencia de tonterías inacabables y de tontos dirigiendo cada tribu y clan comunista, porque eso son, Roberto Sánchez, el que imploraba bendiciones cuando creyó -también tontamente que iba ganando el proceso electoral presidencial- vive en una burbuja que se para reventando porque él no es nada, no es nadie, no representa una imagen política sino la conveniencia del pacto sucio y cobarde de los extremistas por destruir las frágiles instituciones que lo sostienen.
Piensa -es un decir-, piensa ese agitador y seudo dirigente que lo que él dice y ordena se debe hacer, pero no acierta en ninguna de sus imposiciones, ni con sus propios camaradas que les están dando la espalda a diario. No funciona diezmo alguno, le descubrieron las colectas para sus privilegios, se coloca en la mesa central de una conferencia de prensa de diputados y senadores como si fuera el protagonista y la palabra a escucharse y lo dejan solo en una vergonzosa escena. Nadie lo quiere, los grupos parlamentarios de su tendencia no lo convocan para nada porque no tiene opinión respetada y repito, no es nadie, no significa nada. Ese es el triste drama personal de un excandidato presidencial, al que nadie lo reconoce como líder en la izquierda.
En el Perú hay muy malos políticos, en las izquierdas están los peores y Sánchez, lleva el distintivo del fracaso en todo lo que hace, dice y violenta.

