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Es solamente un mes… pero el camino no está siendo abordado en el sentido que requiere el Perú ¿por qué te digo esto?

"Si no hay ajustes rápidos en los perfiles más débiles o en la coordinación, el desgaste puede llegar antes de lo necesario y el caos vendrá de la mano de los herederos de la violencia política (y el terrorismo)"

by Ricardo Escudero
04/09/2026
in Coyuntura y contextos
Es solamente un mes… pero el camino no está siendo abordado en el sentido que requiere el Perú ¿por qué te digo esto?
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La composición ministerial tiene un 30% de buenos gestores, un 40% de improvisados con ganas de hacer algo positivo y definitivamente, un 30% que busca protagonismos en los medios, como el ministro de Defensa -a su vez indefendible por sus “actuaciones públicas” como en la masacre de Trujillo, que traspasó sus funciones al participar en un interrogatorio a supuestos implicados-; lo mismo, en la ausencia total del ministro de Justicia en sus propias responsabilidades, por ejemplo, en el núcleo principal de la criminalidad que son las cárceles, donde no ha hecho nada efectivo, absolutamente nada y solo piensa en leyes por redactar, reformas por estudiar, pero cero acción; y tiene todas las herramientas legales (no necesita facultades para actuar); lo mismo el ministro de Cultura, su designación es un absurdo total y así, hay varios fantasmas, varios busca protagonismos y poquitos que trabajan, como el de salud, educación y relaciones exteriores, pero, ojo, con su propia agenda que funciona felizmente, pero no con una agenda pública del conjunto del gobierno, de metas inmediatas, que son las urgentísimas.

El diagnóstico general tiene sustento: el primer mes muestra un gabinete con claros desbalances entre perfiles técnicos, políticos de confianza y figuras perdidas de la política de acomodos (excandidatos presidenciales del 0,5%) que priorizan la visibilidad en su propio espejo y no en el rostro del gobierno.

El país arrastra inseguridad crítica y creciente, penales como centros de operación criminal “manos libres y laissez faire”, efectos del fenómeno de El Niño, polarización en varios frentes sociales, laborales, gremiales, deportivos, financieros y una economía que necesita transmisión real a la gente común, no a los suplementos de un diario de poco impacto en la ciudadanía o a un club de intereses mercantilistas.

Un gobierno que llega con un margen estrecho y después de años de inestabilidad, necesita ejecución inmediata y alineada, no discursos ni agendas paralelas. La división aproximada (30 % gestores sólidos, 40 % improvisados con voluntad, 30 % figurettis/protagonistas) se acerca a lo que se ve en la práctica y en las críticas públicas desde el arranque.

Veamos tres casos “perjudiciales”

Defensa (Rafael Belaúnde): El terrible episodio de Trujillo (secuestro de un empresario de la minería informal y el cuádruple asesinato a fines de agosto) es emblemático. Viajó, se mostró en la zona y apareció en fotos oficiales sentado -casi echado- junto a los detenidos y al jefe de la Policía. La presidenta negó que su ministro de Defensa hubiera efectuado algún interrogatorio, pero el mismo ministro Belaúnde contaba varias novelas contradictorias en diversos medios y se auto publicaba en sus propias redes sociales dando información no corroborada, según parecía, o como si la estuviera narrando en un aire de invención o primicia. No interrogó, preguntó; no se cayó, se desplomó; fiscales y analistas señalaron que fue un error, destacados juristas afirmaron como nosotros, que sí fue una falta y perfila como un grave delito que podría entorpecer intencionalmente la investigación (aunque no la invalidara necesariamente). Un ministro de Defensa no debe ni puede estar en el rol operativo policial de esa manera. Da la impresión de un enfermizo protagonismo mediático -como lo hizo con el famoso “armani”-. Es un perfil con trayectoria simplista y reducida en otros sectores donde no hizo nada tampoco (ex Energía y Minas), no de defensa ni orden interno, y el episodio de Trujillo alimenta exactamente la crítica de actuaciones públicas que traspasan la función y responsabilidad del cargo.

Justicia (Ernesto Álvarez): Hay algunos anuncios y discursos que pecan de repetitivos y aburridos. Pero en el núcleo concreto que se requiere -control real de los penales como centros de coordinación del crimen- la acción visible inmediata ha sido nula, ni siquiera limitada. Se habla de reformas, estudios y herramientas futuras; en el diagnóstico de “solo piensa en leyes por redactar… cero acción efectiva” con las facultades que ya tiene desde el Ejecutivo por Ley, es una crítica legítima decir que no estamos en tiempos de espera de otras Facultades, porque el tiempo venía agotado desde el 28 de julio y el ministro se dio el tiempo también de no asumir su cargo en la fecha necesaria. El sistema penitenciario, ese es el punto estructural del crimen organizado en el Perú y requiere resultados medibles rápido (bloqueo de celulares, control de ingresos, separación efectiva), no solo sueños de planeamiento futuro. Las cárceles son los únicos territorios libres de inseguridad con este ministerio dormido que coloca placas a sus ambientes y oficinas y no candados y rejas a los penales.

Cultura (Alberto Beingolea): La designación generó malestar e indignación desde el día uno. El político del fracaso total en el PPC -pésima candidatura presidencial, enfrentamientos entre dirigentes y con partidarios por incorporación de operadores caviares, cuasi desaparición electoral- y críticas previas al fujimorismo (incluyendo maliciosamente a la actual Presidente Keiko Fujimori) marcan lo inexplicable de su designación, que se percibió como cuota o señal de “apertura”, pero el perfil del “burbujito” no es el de un gestor cultural de peso ni el de alguien respetable con trayectoria en políticas culturales de Estado. Ha hablado obsesivamente de terminar con una “hegemonía” ideológica previa y de abrir la cancha, y ya hubo fricciones internas (por ejemplo, con el asunto del LUM, que no es nada urgente ni prioritario). En un país con urgencias de seguridad, salud y economía, colocar ahí a alguien cuya principal carta fue mediática, pero que ha sido rechazado por sus propios colegas periodistas que se imponen sobre él en credibilidad, refuerza la sensación de absurdo o de relleno político. La cultura sigue siendo una herramienta extraordinaria para estos momentos, pero no con quienes se encuentran en la antípoda.

Los que se mencionan positivamente

Salud (Luis Dyer), Educación (José Antonio Chang) y Relaciones Exteriores (Carlos Espá) tienen perfiles más activos y creíbles. Chang posee experiencia previa en el sector; Dyer ha hecho inspecciones y habla de shock de eficiencia que concita respaldo general; Espá aporta un perfil de comunicación y cercanía con los Estados Unidos para equilibrar el poder e inversiones de China, pero hay un matiz importante: si cada uno avanza con su propia agenda (aunque sea bienintencionada) y no bajo un compromiso público de gobierno con metas inmediatas, medibles y priorizadas (seguridad, penales, prevención del Fenómeno de El Niño, reactivación con impacto en empleo e ingresos), el conjunto se diluye. Un buen ministro, tres buenos ministros, no alcanzan a ser un aporte en la gobernabilidad y la rehabilitación de la política si no hay dirección central clara y coordinación secuencial.

Nuestra lectura más amplia

El gabinete mezcla confianza partidaria, aunque frágil (Galarreta como premier, que no es como un auténtico militante fujimorista que convoca a sus cuadros políticos, no a sus amigos). Incorpora técnicos o exfuncionarios (Economía con Elmer Cuba que posee buena imagen de concertación, Interior con el general Astudillo, pero que para este cargo necesita un soporte más amplio, policial al 100%). Incluye innecesariamente figuras de campaña o de otros partidos/alianzas (Beingolea, Belaúnde, Alvarez, los tres mal vistos; y Espá, el único con muestras de empeño y lealtad).

Se superponen algunos con experiencia ministerial previa como Mara Seminario que no es muy mediática, pero posee una energía y cualidades excepcionales.

El estilo visible -una presencia mediática prudente, fricciones internas menores, designaciones discutibles que se critican y comentan en sectores afines- alimenta la percepción de que falta un eje ejecutivo fuerte, orientado a resultados urgentes y no a acomodar cuotas, cercanías, amistades o protagonismos.

El camino no está siendo abordado en el sentido que requiere el país, eso opinamos respetuosamente desde una mirada independiente: el Perú necesita urgentemente equipos de gestores que bajen a tierra todas las promesas de orden y de resultados en seguridad e instituciones básicas, no “un equipo selfie” donde una parte significativa parece más orientada a la foto, a la cuota o a ciertas agendas personales. Un primer mes no define de ninguna manera un gobierno, eso es evidente, pero sí marca el tono y la capacidad de corrección. Si no hay ajustes rápidos en los perfiles más débiles o en la coordinación, el desgaste puede llegar antes de lo necesario y el caos vendrá de la mano de los herederos de la violencia política (y el terrorismo).

Por eso decimos que Keiko Fujimori no le está dando cuerda al reloj de la urgencia y la acción, en donde treinta o sesenta días son, en un país tan polarizado y con un nivel de violencia, narcotráfico y desorden increíbles, como una eternidad rebasando la expectativa general. Está trabando bien, por supuesto, pero esa no es su tarea. Ella debe hacerlo super bien, extraordinariamente bien, superlativamente bien.

No hay diecinueve liderazgos visibles, el gobierno no tiene un vocero general, sino voces dispersas y Galarreta está requiriendo oxígeno desde el inicio, esa no es una buena señal. Es un primer ministro callado 23 horas al día y escondido 22 horas de esas 23 del silencio. El gobierno tiene miedo de actuar y la gente quiere acciones y decisiones desde ayer, porque los padres de familia se angustian cuando sus hijos van a la escuela o van a la universidad, porque en el transporte público se asesinan personas y una bala puede terminar en el corazón de un niño.

Los niveles de desorden e ilegalidad se imponen y la gente exige en sus miradas un acto diario, una acción cada hora, un gesto cada minuto de lucha efectiva -no discursos- contra el crimen organizado y el desorganizado. Lo peor de todo ¿Quién es la oposición, existe una oposición? ¿Los extremos como López Aliaga, que es sensato diez minutos y se arrebata todo el resto del día, constituyen oposición? ¿Las izquierdas extremistas que no tienen convocatoria y contradicen todo, son oposición? Ese es otro problema enorme, porque no hay equilibrios para exigir, sobre propuestas alternativas.

El reloj de la urgencia no está corriendo al ritmo que el país exige, y eso se siente en la calle, en las miradas de los padres que mandan a sus hijos al colegio o a la universidad con miedo real a que una bala perdida o un ajuste de cuentas en el transporte público los alcance, se los volvemos a decir. No es ninguna exageración: los ataques a transportistas (extorsiones, balaceras, amenazas) siguen siendo cotidianos en distritos de Lima y Callao, con cifras acumuladas de decenas de muertos en los últimos dos años y hechos recientes que confirman que el problema no ha disminuido en estas primeras semanas, porque no hay reacciones represivas desde del Estado y eso, es inaceptable. ¿Sacan a los soldados y los policías se esconden?

El vacío de liderazgo visible y la tarea de Galarreta

Luis Galarreta es un premier de bajo perfil mediático, más de trabajo interno y de “consensos” parlamentarios que de vocería pública diaria y contundente. Ha salido a dar la cara, pero con retraso (presentación de la política general ante el Congreso a fines de agosto, algunas declaraciones tras Trujillo, gestiones por las facultades), pero no proyecta esa presencia constante, diaria, de quien marca el ritmo y transmite que el Estado se encuentra en modo emergencia permanente. Galarreta sabe trabajar en su estilo congresal, pero no ha sido entrenado para el rol Ejecutivo. Él es el par número uno de la Presidente Fujimori y Keiko corre sin un Primer Ministro que ordene a sus otros pares (siendo el primus inter paris).

En un país con este nivel de “despacio, avanzamos, el 2027 vienen las mejoras”, en un país de extrema violencia y polarización, la ausencia de un vocero general claro (alguien que hable todos los días con hechos, con números, operativos concretos y un tono de “esto se está haciendo ahora”) genera exactamente la sensación que describe la ciudadanía: voces dispersas de los ministros, la presidenta con mensajes ocasionales, y un premier que parece necesitar “oxígeno” y que se esconde la mayor parte del tiempo. Eso no transmite control ni urgencia. Transmite cautela innecesaria e imprudente, miedo a equivocarse o a gastar capital político demasiado rápido. Veamos bien que en este contexto la cautela se lee como debilidad y nadie comienza una carrera de largo aliento, estando débil, mostrándose débil, sintiéndose débil.

La gente no está pidiendo milagros en 30 días. Está pidiendo gestos diarios de autoridad efectiva: operativos visibles y sostenidos, resultados comunicados con claridad (cuántos capturados, cuántos penales intervenidos, cuántas rutas de transporte liberadas de cupos, agilización Fiscal de la mano y de inmediato, Policías fuera de la institución y procesados por delinquir), decisiones que no dependan siempre de “esperar las facultades”.

El “desde el día uno” que se prometió, choca con la realidad, con un estilo de gobierno que todavía parece estar armando el avión en pleno vuelo.

El problema de la oposición: el otro gran vacío y decepción

Aquí tocamos un punto todavía más estructural y grave. No existe en el Perú una oposición seria, propositiva y equilibrada, permanente, que brinde ejemplo y consecuencia.

De un lado, Rafael López Aliaga (Renovación Popular) ha pasado de apoyar incómodamente a Keiko Fujimori en la segunda vuelta, a criticarla con dureza innoble: la llama en tono de insulto “la Dina Boluarte II” y usa un sucio lenguaje, muy confrontacional. Es oposición mal conceptuada desde la derecha por momentos populista, pero más de desgaste y exigencia de radicalidad, que de propuestas alternativas construidas y viables que puedan ser potencial de convocatoria y suma.

Del otro lado, los sectores de izquierda y progresistas -caviares incluidos- tienden a oponerse siempre por su propia convicción de ser elemento de contradicción obsesiva a todo, sin ofrecer un plan creíble de seguridad y orden que la mayoría de la población (cansada de la violencia) pueda creer y apoyar o con opciones que alienten soluciones a los problemas del país. Gritan y se exasperan, muestran sus limitaciones y el pésimo nivel y grado de malcriadez de sus congresistas que le faltan el respeto a figuras de consenso nacional, como lo hicieron con el doctor Julio Velarde, Presidente del BCR.

El resultado es un vacío de contrapoder útil para el caos. No hay quien exija con datos, con proyectos de ley alternativos serios, con seguimiento diario de indicadores, y al mismo tiempo ofrezca una hoja de ruta sostenible en el tiempo, distinta pero realista. Eso deja al gobierno sin presión constructiva y a la ciudadanía sin opciones claras. En un sistema polarizado como el peruano, la falta de una oposición moderada, propositiva y con anclaje en las urgencias reales (seguridad, penales, transporte, empleo) es casi tan dañina como un gobierno lento. No es un “centro” político lo necesario, sino una representación de ciudadanía sin aires electorales que, si se construye, no necesita formar un partido para ofrecer las señales de conducción y dirección que se pueden impulsar.

Oposición no es ser enemigos “si no haces lo que me da la gana, porque soy el que todo lo sabe”; eso no lo entienden ni López Aliaga, ni los residuos de las izquierdas, los que han ocupado el espacio de Roberto Sánchez que no es nadie, que no es nada, que ha sido reemplazado por sus iguales en el resentimiento y envidia.

Tengamos en cuenta

Keiko y su equipo están gobernando como si tuvieran más tiempo del que realmente tienen. En un país donde el crimen organizado y el desorganizado se imponen en la vida cotidiana, 30-60 días sin señales fuertes de cambio en la percepción de seguridad se sienten como una eternidad. La gente requiere acción medible, no solo planes, pedidos de facultades y declaraciones. Mientras tanto, la precaria y dividida oposición no cumple ningún rol de equilibrar y elevar el nivel del debate con propuestas alternativas serias. La izquierda no lo va a hacer y de los que se dicen de derecha, solamente algunos con criterio y respeto a la institucionalidad lo están demostrando, como Lourdes Alcorta.

Nuestra lectura es transparente, independiente y muy cercana a lo que se percibe en la calle. Como ciudadanos comunes y corrientes razonamos a la luz de nuestras observaciones e ilusiones. Por ejemplo, con emociones; con percepciones que hemos recogido de tres grandes grupos de opinión:

El primero: “Voté por Keiko Fujimori porque no soporto a la izquierda peruana, esa que grita y odia, que parece más ocupada en dividir que en construir. Pero ahora veo que ella también se está quedando en los anuncios. Pasa el día y no ocurre nada concreto. Me siento abandonado en la esperanza. No pedía milagros, pedía que se notara que alguien estaba agarrando el volante con fuerza, imparable, vencedora”

Esa decepción es real y pesada: Es el cansancio de quien creyó que esta vez sí iba a haber decisión y se encuentra otra vez con dilaciones, con ministros que parecen más preocupados de no equivocarse que de actuar, con un gobierno que habla de urgencias y emergencias, pero se mueve como si tuviera todo el tiempo del mundo. La gente no es ingenua: sabe que cambiar un país toma años, pero también sabe distinguir cuando hay voluntad real y cuando hay cálculo.

El segundo: “No me gusta López Aliaga. Me parece vanidoso, tosco, un patán que vive del grito y los insultos si piensas diferente. Pero cuando habla de que esto no da para más, de que la gente se está muriendo en el transporte y nadie hace nada de verdad, está diciendo lo que yo siento. Termina siendo el único que pone en palabras, la indignación que muchos callamos, al someternos a la indiferencia o alejamiento de la necesaria discrepancia o protesta, pero parece un Napoleón enfermizo y eso da temor”

Ahí está el peligro. Cuando la sensatez se queda callada, el que grita más fuerte se apropia del malestar. López Aliaga no es la solución ahora, de esa forma; es el síntoma de que hay un vacío enorme de voz ciudadana clara, firme y sin odio. No desmerecemos sus buenos aportes en defensa de la democracia herida por el comunismo con Castillo, seríamos injustos, pero pesa más lo que dice con brutalidad, frente a lo que hace bien, con la razón.

Lo decimos con convicción

Hay que ser ciudadanos que hablen fuerte, con argumentos, con propuestas desde la sencillez y la sensatez. Y si nuestras opiniones molestan, está bien que molesten, esa es la razón de no escalar en cólera, ira u odio, eso no lo vamos a hacer. Estamos discrepando en lo que nos parece que hay que expresarnos porque Keiko Fujimori necesita oir más voces, leer otras historias, conversar con más gente sensata y menos aduladores.

No debemos seguir a los populistas de la derecha del odio ni a los de la izquierda del odio, son perniciosos y tienen intereses que condicionan la democracia a su forma de entenderla impositivamente. Porque si no, un día nos vamos a despertar teniendo que elegir entre el suicidio lento de seguir aguantando el desorden, o aceptar el fusilamiento de un extremismo que viene a “arreglarlo todo” a punta de fuerza y venganza, con represión al que se atreva a discrepar o ser oposición.

Esa es la trampa real. El país está tan harto, tan asustado, tan cansado de la violencia cotidiana y de la política de siempre, que el terreno está fértil para cualquiera que ofrezca resultados impositivos sin matices o refundación total sin límites. Y ambos caminos terminan en lo mismo: más sufrimiento para la gente común, para las familias peruanas.

No basta con votar y después quejarse. Hay que hablar, discutir, exigir, proponer. Desde el puesto de trabajo, desde el gremio, desde el barrio, desde la red, desde la conversación con los vecinos y amigos, en la escuela y la universidad, durante la cosecha o el cambio de guardia, donde sea necesario hablemos.

Queremos orden, sí. Queremos que se acabe el miedo a mandar a los hijos a la escuela, sí. Pero no a cualquier precio. No con odio. No con autoritarismo disfrazado de solución. No con legitimización de cierta criminalidad porque genera financiamiento ilegal y votos. Queremos que se haga lo que se tiene que hacer, con firmeza, ahora, no mañana.

Y finalmente, no le pedimos disculpas a nadie por decir nuestra opinión, por querer recuperar la institucionalidad que se ha degradado por décadas, por querer rehabilitar la política, que se ha desvirtuado.

Tenemos una sola Bandera, la del Perú.

Tags: el primer mesKeiko FujimorioposiciónRicardo Escudero
Ricardo Escudero

Ricardo Escudero

Columnista de opinión política, análisis social y previsional. Autor de "La rebelión de la clase media: dónde están las clases medias"; "Desborde del Estado y crisis popular": "La izquierda del odio: un Perú resentido" y en pronta publicación la novela "Una cita en La Fábrica". Fellow, Thomas Jefferson Foundation, becario Konrad Adenauer Stiftung, Friedrich Ebert Foundation. Ricardo es director de la Fundación Minuto Digital y del Instituto del Ahorro www.institutodelahorro.com

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