Hubo un tiempo en el mundo y en el Perú, que la izquierda era competente, ilustrada y honesta, hasta que los sectores que se encontraban en tercera o quinta línea -de su estructura-, al no tener protagonismo ni llegada para “ser dirigentes o líderes” buscaron su salida sin esperanzas y comenzaron a generar pequeños grupos de sentimientos radicales que tomando el nombre de “comunistas” vieron que el camino era con otra lucha, la de brigadas de obreros, campesinos, estudiantes y sectores barriales que estaban identificados en las zonas más populares así como entre la clase media que pendía de un hilo para surgir más o retroceder. En ese contexto, cometieron el error de separar a estos grupos para dotarlos de un Comité Central donde no tenían presencia decisoria (eran un adorno para la foto, no una imagen para convocar). Los obreros por su lado se organizaron como potentes sindicatos; los campesinos en cambio cedieron al mismo escenario divisorio de protagonismo excluyente marginando a los menos instruidos o sometiéndolos al buró central. Los estudiantes, aplaudiendo desde la Universidad, formaban pequeños cuadros de estudios -fanatismo- pero se no identificaban en hechos concretos con los obreros ni con los campesinos.
Una izquierda que compartía su esencia marxista, socialista y revolucionaria, se puso en marcha bajo el punto central de no llamarse comunistas (primer gran cambio para la cercanía hacia sectores sociales y económicos, que no les daban tribuna, sino que les rechazaban). Y por otro lado, muchas mini izquierdas acentuaban sus denominaciones como “partido comunista” (patria roja, peruano, bandera roja, estrella roja, revolucionario y sendero luminoso) y también, grupos que usaban palabras más comerciales o electorales como “pueblo en marcha”, “tierra y libertad”, “movimiento al socialismo”, “fuerza social” y muchos más, evidenciaban flaqueza y debilidad por destacar en su medio. Dos vertientes grandes, una con gente preparada y respetuosa del orden democrático y paralelamente, los múltiples grupos revanchistas, extremistas y subversivos. De éstos últimos es que vienen Castillo y Cerrón, Sánchez, Bermejo y la lista ampliada de lo que se denominaría “los resentidos”.
Más de cincuenta máscaras de las izquierdas perdían ante el status quo secuencialmente o se aliaban de una u otra forma para sacar réditos del poder, como con Valentín Paniagua o Alejandro Toledo, cuando se revela la nutrida presencia del naciente clan caviar y progre, hasta la llegada de Ollanta Humala, justo al final del buen segundo gobierno de Alan García (cuando el Apra no pudo, inexplicablemente, tener una candidata presidencial de tan poca aceptación partidaria y nacional como Mercedes Araoz). Allí, inmediatamente finalizando el mejor gobierno de los últimos tiempos, comenzó la lamentable debacle histórica del Apra.
Fíjense bien: dos masas de la izquierda en el escenario nacional: una digamos “culta y escuchada” y otra, con muchos rebeldes e inconformes, pero sin formación, sin impacto, que estaba relacionada con lo más extremo.
Así avanzó la trayectoria en camino paralelos: uno legitimándose y otro calentando la explosión.
Lo que no se leyó de los peruanos es que el teatro del absurdo siempre vence porque impacta lo irracional con mucha fuerza y a decir verdad, estamos inundados de irracionalidad y de sumisos a lo irracional. Por eso, no es solamente Humala maquillado o Vizcarra de piernas abiertas a los progres y caviares, sino complaciente con la presencia extremista que nunca objetó y ayudó a crecer (como sus delitos) lo que hizo más masas de izquierda acechando de la débil democracia y desarrollando el crecimiento del partido comunista Perú libre, que tuvo la habilidad de poner un rostro que sumaba campo y ciudad, magisterio y rondas campesinas, como el que iba a ser el ganador en una campaña que nadie observaba en su real dimensión y daño.
Esta no es la izquierda de Barrantes, Malpica, Pease y Bernales, ni siquiera de Diez Canseco y Hugo Blanco. Aquí se trata de la extrema izquierda totalitaria, el comunismo, el marxismo leninismo, el maoísmo y la cuarta espada del pensamiento Gonzalo, nada más y nada menos.

