¿Cuál es el rol que deben asumir las clases medias en la hora actual en el Perú, donde no se trata de una pelea entre Lima y algunas regiones sesgadas de su rol ciudadano -en el sur andino principalmente- o entre pobres y no pobres, grandes empresas y grandes ilegales o hinchas de una tendencia versus fanáticos de otra barra? Es casi seguro que nos van a decir “pero ustedes mismo lo están polarizando” y no se trata de eso. Lee bien: el rol de las clases medias en un país que se destaca por la multiplicidad de sus emprendedores y rostros. El rol de lo que llamamos “la jamonada del sándwich”, en el colchón que aplastan unos y apolillan otros.
El Perú aguanta demasiado y no es cierto que se acaba la paciencia, al contrario, existe un “algo extraño” que nos hace aceptar sin indignarnos, que nos hace permitir con absurda indiferencia lo que sabemos que es perjudicial y seguimos en lo mismo casi siempre: gritos, malestar, indignación… pasan los días y baja la temperatura ¿porqué?
Somos una sociedad que se apaga constantemente a sí misma, que es bombero de su propio fuego y si bien no se trata de prenderle fuego a cada momento que genera reacción ciudadana, sí es una irresponsabilidad no tener liderazgos que guíen y conduzcan; apenas hay unos cuantos exagerados que buscan protagonismo y por lo bajo siguen en lo mismo: apagando la protesta o condicionándola a sus propios beneficios y cuotas de poder/presión.
Los políticos perdedores son excelentes artistas de la hipocresía y la maldad. Los candidatos que han hecho bien lo que tenían planteado, así hayan perdido u obtenido muy poco respaldo, se encuentran en la ecuanimidad de la propia crítica personal y partidaria. No existe un equilibrio político, porque no existen instituciones políticas. De allí que los saboteadores de la institucionalidad siguen aprovechando cada momento para desacreditar a la débil democracia y de esos saboteadores, los remanentes de la subversión son los más peligrosos (y entusiastas).
Aquí no hay espacio a polarizaciones porque ese no es el efecto lógico en una competencia electoral. Aquí de lo que se trata es de encender el odio contra la unidad, el rencor versus el encuentro, hacer del resentimiento social un estímulo negativo como vitamina para el desorden social. No se trata de una elección que se polariza entre un extremo y otro, sino de prender el estallido violento que le garantice a las izquierdas del odio su vigencia. Por eso hay que tomar decisiones: el Perú o la subversión, el Perú o el caos otra vez, pero peor.
En todo este enredo de violencia y anarquía necesaria para las hordas marxistas, el liderazgo deben asumirlo las clases medias, tan amplias y diversas como el rostro del Perú, porque en ellas reside un potencial de “ser vistas y ser seguidas” en la toma decisiones. Hay que aplicar el mensaje del ejemplo desde las clases medias para que el logro sea visto como alcanzable por los sectores aspirantes que ensancharían a las clases medias, las harían más robustas y expandibles. Un país de tantas clases medias (diferentes niveles sociales y económicos) se convierte en herramienta de contagio provechoso para salvar la débil democracia y reconstruirla, rehabilitarla y asegurar con su vigencia en el tiempo -de manera sostenible- el presente y el futuro del Perú.
Se requiere el liderazgo emprendedor de las Clases Medias para recuperar el rumbo del país.
