Hubo un tiempo de respeto político, de nivelación de aspiraciones y prudencia en los reclamos, los que se hacían con argumentos y fundamentos, hasta que las izquierdas académicas, preludio de las ONG activistas vieron que era necesario bajar el nivel, romper la prudencia, acelerar las diferencias en base a la siembra del resentimiento y recelo por el éxito de otros, quebrar el encuentro social y desarrollar una campaña en el ámbito educativo, con la intención de extender esta estrategia de sembrar un anti discurso y otra historia -diferente, enemiga entre todos y cercana a la justificación de la violencia y la agitación militante- que tomara en el marxismo leninismo su motor de inspiración revolucionario.
Tiempos de puño en alto, la Internacional, los bares con música de Silvio Rodríguez, círculos de adoctrinamiento en las universidades y academias de preparación para esas universidades. Escuelas hacia el fanatismo y siempre, hacia el odio como motor de la lucha de clases que en realidad era pelea ideológica de jóvenes provenientes de las clases medias para enrolar a los que iban conociendo y capturando en el discurso y la nueva identidad.
Pasó el tiempo y la militancia se rompió en clanes donde había el dueño de la verdad, el preferido por alguna de las embajadas comunistas (China, Corea del Norte, Cuba y las naciones del bloque oriental de Europa) que daba becas integrales a fin de hacer retornar a las brigadas que se infiltraban en las universidades de todo el país y en los nuevos centros de estudio, ahora auspiciados por ONG de la misma tendencia y objetivos. El tiempo permitió que hagan sus trabajos políticos y de masas, logrando cuadros diversos que ascendían en sus medios sociales, en una suerte de familiarización y normalidad para ser aceptados en el discurso. Sus focos fueron el sur del país, en especial la zona andina y las universidades, ya que los sindicatos iban perdiendo credibilidad y no acumulaban la fuerza que necesitaban para hacer el camino de las izquierdas.
No se proletarizó la militancia, se encumbró a los nuevos dirigentes progresistas y caviares, en un clasismo que no dejaba dudas que no se aplicaba el centralismo “democrático” ni la incorporación de obreros, campesinos y trabajadores de los sectores más representativos de masas. Los partidos de izquierda adoptaron el clasismo en su propia contra y el racismo como consecuencia de sus representantes o candidatos.
De esa secuencia, con los años hubo tantas divisiones y peleas que se fragmentaron los cinco partidos centrales en más de cien feudos de izquierda y de allí, de sus peleas internas -dentro de los propios cien mini grupos- se hizo patente que la única forma de atraer resentimientos y odiadores era deteriorando los espacios públicos y afectando la convivencia, una guerra de identidades, una lucha contra los demás, una explosión de dogmas que se nutrían de constantes implosiones. Los comunistas ya no eran comunistas, los socialistas siguieron ese modo de no ser lo que eran y se dio paso a los humanistas, oenegistas, académicos con pronunciamientos sociales y manifiestos políticos, es decir, se crearon como centro de liderazgo, los caviares por un lado y los extremistas en el otro lado, con momentos de acercamiento en la elasticidad de sus odios internos.
Al final, lo que se les conoce no son ideas ni propuestas, sino los bloqueos violentos de carreteras, ataques con bombas incendiarias contra Policías, incendio de locales públicos, destrucción de infraestructura, discursos de intolerancia exigiendo tolerancia y al final, tratando de desacreditar a las instituciones, desnaturalizar las leyes para confundir a los más jóvenes en especial. Eso es la izquierda hoy, ese es el producto de la ignorancia que se permite extender en la educación, la cultura, el arte, los medios de comunicación y el poder.
El problema es la educación, la solución, es la educación. Hay que rehabilitar la educación, para rehabilitar la Democracia y proteger la Libertad de esas izquierdas totalitarias y perniciosas.
