Me dicen que no lo diga, pero siendo mi opinión y recogiendo las de aquellos con los que compartimos una y mil veces algunos puntos de vista, considero importante precisar lo que observo en el mundo político de estas semanas tan confusas en entender la hermeneútica parlamentaria, pero no por boca de cuestionados analistas o periodistas que se autoperciben ilustrados y a veces hasta inteligentes, sino por las palabras desordenadas, llenas de ignorancia y ausencia de argumentos que han ventilado en diversos medios de comunicación, las congresistas de los grupos radicales que en vez de llamarse “partido comunista” se ponen cualquier cartel que diga lo que sea con tal de confundir y engañar a los ciudadanos, dando a entender que son una especie de “nuevos políticos” y en realidad, son más de lo mismo -de antes-, pero peor.
Extremistas adineradas, pelo pintado y con muchos recursos financieros a primera impresión, se oponen a todo lo que es bueno para el Perú y los peruanos ¿Por qué entran en rabieta y cólera de tanto rechazo? Debido a un trauma y acomplejamiento, crisis existencial negada, discurso de odio y slogan de contradicción. Hasta cuando se miran en el espejo se escandalizan y se insultan, previa negación aceptada. Es un síndrome de fobias que captura la reducida inteligencia activista y militante de izquierdas fanatizadas y las envuelve en la ignorancia, petulancia, soberbia y desgracia intelectual (no es deshonestidad intelectual) por la cual asquean al salir en los medios y nos causan repulsión. No parecen ser personas de pensamiento claro y propuestas honestas; son lo que son, rostros de una y muchas izquierdas envalentonadas en sus negaciones y contradicciones, pero que siguen cuesta abajo, perdiendo electores, perdiendo respaldo, perdiendo legitimidad y quizás, perdiendo legalidad.
Insisto en que han llegado al Congreso de la República un grupo de vedettes de la palabra y la hipocresía que se toman el baile de los siete velos, como los siete ensayos del inspirador de Abimael.
Le llaman “buen gobierno” a su colectivo que ha pasado a la mínima expresión electoral, están siendo castigados por la ciudadanía y aún más, específicamente por las mujeres que no soportan a las angurrientas de las poses en el hemiciclo, políticas negativas de doble y cuádruple rostro que están allí para olfatear beneficios personales, no beneficios nacionales. La militancia extremista que estamos viendo, no es sinónimo de “buen gobierno”; mucho cuidado con las aventureras radicales que se ponen en pose de gatas mansas, pero arañan y gritan con ira para engañar a los que observan sin actuar.
Hay que despejar de la política a las cancerberas del odio.

