¿Qué le pasa a un gran país, lleno de historia y ejemplos incontables que destacar, para que millones de ciudadanos -y otros por serlo- se suiciden en cada elección presidencial y entreguen sus vidas a miserables que les van a expropiar sus oportunidades y nacionalizar sus esperanzas y encima, cobren millones de sus impuestos para construir ese daño? ¿Cómo es posible votar sin pensar? Y peor aún, ¿Cómo es que sabiendo lo que te van a hacer los políticos de la ultraizquierda, lo valides “antes de” y con tanta confianza?
Hablo cada mes con decenas de trabajadores en las zonas mineras más alejadas de las ciudades, con decenas de estudiantes universitarios y egresados que son los primeros puestos y se van a becas distinguidas en las mejores universidades del mundo, converso con trabajadores manuales, trabajadores intelectuales y también, con los que ni estudian, ni trabajan, pero están allí, perdiéndose en el tiempo que regalan a cambio nada, a cambio de ser lo que podrían llegar a ser si quisieran y, vaya coincidencia en la estupidez, porque como no se enteran, como no leen ni preguntan “al saber todo”, caen en la trampa aceptada de elegir su propio final (auto suicidio ciudadano).
Y esto ocurre, porque no son lectura, diálogo, debate, pensamiento y reflexión, sino podcasteros, whatsaperos, feisbuqeros y “seguidores”, en vez de líderes, en vez de ser dirigentes, referentes. Ese es el drama peruano hoy.
Estoy convencido frente a este escenario, de la necesidad de generar una revolución de las ganas de pensar, de volver a hablar (la gente no se habla como antes, se chatea, se whatsapea; las familias, cada vez más pequeñas, no se sientan juntas en el desayuno, en el almuerzo o la cena, cada uno está en su habitación o en sitios dispares, no se ven viviendo en los mismos metros cuadrados donde duermen y comparten, ahora ni siquiera existen las radios de noticias verdaderas ni los programas matinales de noticias informativas, todo es sangre y nutriente de odio y miedo) por eso creo, diría, exijo gritar que la gente invente, imagine, piense y lo diga, que se mire al espejo de la realidad y ponga en duda lo que quiera y responda lo que quiera con palabras, no con dardos envenenados.
Yo reflexiono mucho sobre “los tiempos libres mal usados”, sobre “el grito que hay que volver a entonar” y “la revolución humana que debemos encender”, pero es demasiado complicado, las personas ya no quieren leer, debatir, profundizar, relacionarse cara a cara y palabra a palabra, no quieren abrazar ideas, sino hipocresía, y se sienten “normal”, ni bien, ni mal, eso es lo fatal.
Entonces, nos metemos al remolino de la ausencia de ideas y ausencia de diálogo para el debate y el encuentro, transformamos el tiempo en minutos de pugna y horas de alejamiento y ganan las izquierdas del odio. Esa es la historia.
Amigos y no amigos: Es momento de impulsar la necesidad de generar una revolución de las ganas de pensar, de volver a hablar, para que no gane la izquierda del odio, ¿Se animan? o se quedan sin pensar.
La cultura, educación, acceso al arte y los deportes, ¡cuánta fuente de aprendizaje y conocimientos!
