La política no viene de un lado para ir hacia otro punto que nadie conoce y que solamente es un ideal, sueño o pesadilla que evoluciona en contra de las aspiraciones naturales de sus proponentes, que no tienen ni idea del mundo en el que se desenvuelven y que van tirando monedas envenenadas, para cosechar billetes sucios. Nos acompañamos en la ignorancia y en un enorme miedo ante la valentía de proclamar opciones y tener objetivos identificados para ser mejores personas, familias unidas, sociedad en crecimiento humano más que económico, aunque si van de la mano, como que el aliento da para seguir respirando en la lucha de cada minuto, en la hora de necesidad satisfecha, en los días que no se abandonan al recuerdo o la vergüenza. Hacer de los momentos que enorgullecen una pequeña página de Libertad que se sume a otras más, nos hace entender la necesidad de participar en la sociedad que busca unirse y no seguir tan fragmentada.
Nos piden más presupuesto para balas que hieren esperanzas y matan oportunidades, más objetivos de dominio como máquina de retribución de campañas hacia el poder. Muchísimo invierten los piratas de la democracia para lo que puedan conseguir eventualmente con la finalidad de generar riqueza personal, esa es la foto, la película y la enciclopedia de la política asquerosa en cualquier lugar. Nos roban humanidad, cultura, educación, respeto. Lo permitimos e incluso les pagamos a los verdugos de la sociedad civil con nuestros impuestos.
Un mundo que ha reconvertido lo pernicioso en saludable, lo perjudicial en beneficioso. ¿Cómo se ha producido esto? Silenciando el debate, arruinando la polémica, destruyendo la discrepancia. La gente ya no lee, no se forma en sus casas y se educa mal en las escuelas, para llegar a la universidad y sellar sus confusiones permanentes. De allí que ante el vacío provocado y la repulsión generada -ver la política, no hablar la política-, los ciudadanos se fueron volviendo indiferentes para no meterse en problemas comunes que generan problemas permanentes en el país. Asumieron un desgano casi natural, una apatía militante que “evita estar allí, donde no quiero estar”.
Los partidos políticos ya no son centros de discusión de quienes comparten una doctrina que sirve de referente para construir propuestas posibles de construirse y consolidarse siendo sostenibles -socialcristianos, liberales, conservadores, socialdemócratas- sino que se ha reemplazado esa secuencia por la imposición de la brutalidad política que deviene del fanatismo, mercantilismo, ignorancia, ausencia de formación. Es decir, narrativa de las izquierdas del odio fanatizadas por el antecedente marxista que cautivó a millones de activistas y enterró otros millones bajo las dictaduras de la inhumanidad comunista que ya no habla de lucha de clases, de proletariado, revolución o lucha armada, porque les da vergüenza lo que les falló en la narrativa histórica y para eso tienen nuevos discursos y estrategias perversas usando discusiones sobre el género humano para multiplicar lo que no es, academizar el deseo de ser un animal o una cosa. Confundir, enredar, contradecir sus contradicciones ¡vaya tiempo perdido!
Y miren el mundo, el país, cómo se calla la voz discrepante porque te señalan con adjetivos de “fascista” y son los fascistas de la izquierda los que disparan la censura y la intolerancia, pero exigen que toleres que te maten.
Una expandida ausencia de cuadros dirigenciales, carencia de plataforma de ideas, programas con contenido y proyección en el destino de la sociedad, marca el hilo del desastre y nos permite decir con indignación que ese cielo está nublado porque lo hemos oscurecido con nuestro silencio. Entonces ¿qué nos queda para subsistir si queremos rehabilitar la política? Generar debate, provocar discrepancias, invitar a la polémica, tener posición.
La convicción del argumento necesita reprogramarse en el ADN peruano. Esa es una de las tareas urgentes que comienza rompiendo el silencio.

