Las noticias más resaltantes son que la Presidente de la República, Keiko Fujimori, trabaja en cinco días, lo que sus antecesores de las izquierdas del odio -quizás- lo hacían en cinco meses. Y es que con una tenacidad y voz que une, llega adonde otros no llegaron, almuerza donde otros despreciaron el plato del soldado, no deja una sola mano extendida para devolver los abrazos y se emociona cuando los niños se acercan para saludarla y ver que es su imagen de cuando ansiaban contar que por fin llegó una mujer sencilla a decirles que no están solos, que jamás volverán a sufrir lo que padecieron, desde el terrorismo del partido comunista Sendero luminoso y el MRTA, al terrorismo de militantes gobiernos izquierdistas que quisieron cambiar a balazos la historia y la verdad, por narrativas de falsedad y distorsión de los hechos.
Al lado de esas izquierdas, una prensa activista se usa como rincón de odio y ventilador de agresiones, se levanta cada día para ofender, inventar y sustituir la verdad por mentiras y se vanagloria de los males porque vive de ello para sembrar el caos y la anarquía que le servía para perpetuarse en una nación que se fue acostumbrando a esa dimensión de desorden, retroceso y estancamiento. Pero vino el día, se levantaron señales y la gente se puso en contra de lo imposible para dar su voto ciudadano, el que finalmente llevó a Keiko Fujimori a Palacio, de la mano del pueblo.
Devolverle a la gente la esperanza, no es solo una conquista, es la obligación moral que se ha impuesto nuestra Presidente del Perú y en estos días, primeros días de gobierno, las primeras reacciones y las esperadas amenazas de los cobardes perdedores no se hicieron esperar, pero se quedan donde se promueven, porque nadie acepta más de lo mismo, de lo peor, de lo siempre. Hay ganas grandes para rehabilitar la política y la democracia, ante lo cual, las izquierdas del odio se espantan y huyen porque carecen de argumentos e ideas de continuidad del mal sobre la esperanza.
Hoy en el Perú, en menos de una semana, se va pintando otro mural, claro, limpio, grande, de todos. Ese mural hay que tenerlo siempre lleno de alegrías y retos que convocan, para que no vuelvan los piratas de la Libertad a derrumbarlo.
Estamos en ruta, seamos buenos y ordenados pasajeros para que nuestra conductora tenga la certeza que su manejo es bueno y que sus copilotos lo hacen bien y si no, démosle el mensaje del cambio rápido.
Mi mensaje:
Ante las amenazas de los perdedores, consistencia. Ante los gritos histéricos de los perdedores, entereza. Ante la violencia verbal de los perdedores, sensatez. Y ante la agresión permanente de los perdedores, tenacidad; porque la hora presente nos exige ser la acción y el pensamiento que recupere los valores y virtudes de cada ciudadano.
