Los trabajadores peruanos tenemos que cumplir numerosas normas laborales exigentes, desde el horario de ingreso, permanencia y salida, protección de datos personales, respeto y convivencia, hasta aquellas relacionadas con el trabajo efectivo que se mide con indicadores, evaluaciones del desempeño y reconocimientos al esfuerzo, talento, resultados tangibles, integración, compañerismo y lealtad. Los trabajadores que superamos estándares y objetivos, logramos escalar más rápido, de forma sostenible, obtener premios, estímulos profesionales, incentivos que ayudan a tener un mejor presente y un mayor horizonte laboral y salarial, que beneficia a nuestra Familia. Los trabajadores peruanos, dependientes o independientes, pagamos numerosos siempre impuestos que se destinan o deberían destinar a mejor educación, mejor y mayor infraestructura en salud, seguridad, nutrición y cobertura para el progreso y desarrollo de todos, sin excepciones.
En otro país, que también se llama Perú, existe un sector lleno de privilegios y “derechos” que siendo fruto de un proceso electoral, hace lo que le da la gana, desperdicia el tiempo, no asiste a trabajar, se va de viaje y parranda, fomenta el odio y el desinterés, genera violencia entre peruanos, cambia la verdad por el discurso político, roba y miente con leyes que se inventan a modo protección y encima, reciben sueldos y pagos a todo costo, vía el pago de nuestros impuestos. Pagamos millones a una “clase política ociosa, a una perversión dirigente” para que nos hagan daño.
Ese es el Perú que resultó como consecuencia de las absurdas reformas políticas, de las reformas electorales, del inservible Acuerdo Nacional, de las mesas de diálogo y concertación, de la tolerancia a los intolerantes, de poner en una misma condición a las víctimas del terrorismo con los comunistas que los asesinaron. Todo decantaría en el caos de seguir sin saber nuestro rumbo, sin conocer nuestro destino. Ese es, ese fue el efecto del caviaraje que inundó el Estado y lo desbordó para que se meta violentamente donde jamás debió ingresar. Y para lograrlo, no sólo se valió de leyes contradictorias y normas abusivas, sino de un ejército de burócratas que rotan de gobierno en gobierno, haciendo que hasta el momento más de un millón quinientas mil personas formen parte del Estado que sólo requiere 400 mil para funcionar y servir a la nación.
De esa inmensa burocracia plagada de ineptitud e ineficiencia, destacan como sinvergüenzas, ociosos, violentos y perjudiciales, más de cien Congresistas de las izquierdas del odio, Senadores y Diputados que según sus mismas palabras, no van a las sesiones, están de viaje de placer conociendo China -porque a trabajar no han ido-, nunca se presentan en las Comisiones de Trabajo, ni en sus oficinas, pero a la hora de cobrar, lo hacen apuradamente.
El mal ejemplo es la imagen de esos Congresistas y repetimos: no trabajan como lo hacemos los ciudadanos, no van a Sesiones, están de vacaciones en China “invitados”, teniendo sólo dos meses efectivos de ingreso a la planilla del Senado o Diputados ¿y les pagamos de nuestros impuestos? A ese nivel de absurdo hemos llegado y la historia parece repetirse a diario, donde los Peruanos trabajamos y los sinvergüenzas cobran por no hacerlo.
¿No existe sanción para los que no trabajan? ¿Seguiremos permitiendo el abuso del cargo político? Es peligroso si todo va a seguir así, porque la paciencia ciudadana está por desbordarse y sus efectos serían terribles, dando oportunidad a que un extremo se imponga y el otro, le haga la guerra en condiciones de odio permanente.
