El fanatismo varía en sus extremos, modos, costumbres y rituales cuando se trata de las izquierdas, ya que van midiendo sus poses (no tienen posición intelectual que explique qué son, ni se sostienen en ideas económicas, ni culturales) sino que van deambulando en contradicciones a fin de desplazarse sobre sus aliados de estos tiempos y de los peores escenarios que se puedan imaginar los que “toleran siempre a los intolerantes”, como si adoptar un rival desequilibrado fuera obligación para participar en el debate que la sociedad reclama. Dicho en términos que nadie puede negar: las izquierdas, cada subdivisión ensimismada en su destino -¿lo tienen?- se ha dedicado a provocarse un protagonismo de ser “el movimiento, la organización superior” de lo que ellos creen representar cada día (el pueblo) y en ese afán de disparos, a ver cuál da en algún objetivo rescatable, se encuentran unidas a una red de medios y ONG que teniendo sus propios enemigos, han visto necesario darle viento al combustible y fuego que puede provocar no uno sino varios incendios en la política nacional.
¿Un cuadro terrorífico? No, el teatro del absurdo puesto en escena y con artistas definidos y público ansioso de ver su destino final. La suma de los operadores de grupos que van desde la extrema izquierda “senderista” hasta los espacios indefinidos del progresismo, pasando por los partidos comunistas que se extinguen con ese título y los partidos que se bautizan con nombres electorales de toda posibilidad “comercial” para cobrar cuotas a fin de poder mantener los privilegios de sus dirigentes – máscara (pagos para ser candidatos a diputados, senadores o gobernadores o asambleístas regionales, alcaldes y regidores provinciales, alcaldes y regidores distritales, es una obsesión pecuniaria que no deja rastros fácilmente, pero que se evidencia en el poder que adquieren los que ya recibieron el dinero que “permite representar al partido” en cada elección).
Además, a la tarea de organizar desde un “petit comité” la base de acciones políticas y electorales, se unen otras que son derivadas de la propaganda (no es publicidad, se trata de propaganda) que se fundamenta en narrativas que desde los medios y ONG les van alimentando y de todo esa suma (organización, narrativas) salen operadores y activistas rentados o inversionistas de futuras candidaturas; hay una búsqueda desbordada de recursos, dinero de cualquier fuente irregular para poder subsistir en la militancia del impacto político que genere aceptación en los ciudadanos, especialmente hacia jóvenes que puedan precipitarse en la violencia y el mismo furor de odio.
Un plan largo, sin tiempos, lleno de perversión y maldad “que desate las narrativas”. No es convicción doctrinaria ni formación ideológica (así parezca una contradicción la frase), se trata de convertir las narrativas del absurdo en un teatro de descrédito y desinstitucionalización progresiva, esa es la nueva revolución, el nuevo pensamiento de las hordas marxistas reconvertidas en discursos y lenguajes que toman cualquier tema, por absurdo que sea, para convertirlo en centro de polémica y activación de odio, ruta de iras, destino de violencia.
¿Y el epílogo? No se trata del final de la democracia, por débil y frágil que sea, sino de su descrédito absoluto, en un camino donde las personas van a tener que buscar “nuevas formas en viejos caminos”: el comunismo.
¿Ya te diste cuenta que no ha desparecido el mayor peligro en la historia social y política de la humanidad? Esto es lo que hay que hacerle ver, oír y entender a los ciudadanos, para no perder valores, virtudes y principios.
La Libertad necesita explicarse, requiere defenderse.
