Esta elección presidencial representa una decisión nacional hacia el progreso y el desarrollo, o la aceptación del hundimiento ciudadano hacia el retroceso y el estancamiento. Por un lado, están las hordas agresivas, violentas de la extrema izquierda y del otro lado las columnas de peruanos honestos que aspiran a un gran resurgimiento y reconstrucción de la sociedad, a un Estado al servicio de todos y a un esfuerzo conjunto en los caminos que nos deben unir a los que no tomamos las armas para imponer el totalitarismo, sino los votos para decidir por la democracia y la Libertad.
El Perú NO puede volver al triste pasado de la sumisión ideológica que expandió indiferencia y dejadez frente a las imposiciones de gobiernos izquierdistas como los de Humala, Vizcarra, Castillo, Boluarte, Jerí y Balcázar. No estamos para más de lo mismo, para la podredumbre de siempre como una costra dañina que no regenera piel sino heridas permanentes que se sienten como impuestas, para siempre. No estamos para seguir tolerando en cada día de nuestras vidas los discursos de oculta victimización política y abiertos resentimientos, que solo son hipocresías andantes y mentiras permanentes que la gente las conoce, pero no las rechaza tajantemente.
Entramos a una segunda vuelta presidencial o al remedio frente a la enfermedad atroz del odio que la izquierda no abandona, lo que quiere decir que quizás podamos tener una opción democrática después de décadas, pero sujeta a una oposición radical y extrema que ponga tensión en la gobernabilidad. Es posible, pero también será posible que Keiko Fujimori asuma con entereza y valentía, con inteligencia y sensatez para gobernar.
Pueden decirse muchas cosas, pero jamás se podrá dejar de afirmar que nada le hace tanto daño al Perú, como las izquierdas agresivas y violentas llegando al poder o usándolo bajo presiones extremas. Hay una narrativa en esta segunda vuelta que ya conocemos, pero existe un amplio espacio para los argumentos.
Hagamos que sea posible un país donde nos encontremos entre hermanos de una misma sangre y destino.

