Los rostros de la izquierda son el reflejo de la maldad, de la perversión, de todo aquello que se genera para que un país se desangre, sea por violencia subversiva, sea por manipulación mediática, sea por acciones delictivas y formas de desconocimiento provocado de las leyes “sea como sea, cuando sea, por lo que sea”, pero siempre acción agresiva en palabras y actos que luego sirven para justificar al revés, lo que se quiere explotar en hechos directos. No se trata de estigmatizar ni menospreciar -como las izquierdas del odio lo quieren presentar- sino de describir en los hechos y en las expresiones el discurso que construyen escalonadamente y que van convirtiendo en narrativas secuenciales, todo un guion que reemplaza la captura del poder por métodos revolucionarios, para hacerlo por métodos “democráticos” que absurdamente se les permite infiltrar para desnaturalizar el sistema que les sirve de ingreso para su aniquilación.
Lo vemos en la bicameralidad que se le escapa del control al partido de gobierno, que mantiene una estrategia y pose de “invitar, convencer, almorzar, viajar, dar algo y recibir un voto”, cuando esa práctica no es sostenible, no camina en el tiempo, ya que los avezados negociantes de la izquierda “saben pedir más y peor”. Por eso a las izquierdas se les enfrenta, se les confronta, se les ahoga y desaparece con argumentos y diferencias que la gente tiene que evidenciar bajo un soporte comunicacional imparable, extenso, que se multiplique cada minuto.
Estamos en guerra y ¿no vemos, no sentimos las balas del odio izquierdista sobre nuestras vidas? Y encima, cada día que pasa ¿estamos sometidos al espectáculo ignominioso de la ignorancia, petulancia, incompetencia dañina que las izquierdas multiplican con disfuerzos y poses desde el Congreso de la República?
Dirán a todo no, pero son prestadores de negación, activistas de agresividad como primera reacción y militantes de una ideología que solo quiere destruir para avanzar, ellos, en el caos que los divierte, porque la destrucción es su esencia y se vanaglorian de los muertos, cuando no son los subversivos que defienden como “luchadores”.
Estamos en guerra contra una banda de ignorantes que se muestran así con desfachatez, pero gritan de horror y victimización si se les intenta educar con racionalidad. Entonces, como segunda reacción se les invita a dialogar y buscar consensos, pero ellos -los izquierdistas del odio- rompen el orden del equilibrio que no se les debió ceder y vuelven al grito y amenaza tomando el nombre del pueblo como propio, siéndoles ajeno en todo sentido.
¿Vamos a seguir por más años en lo mismo?
