La peruanidad económica no debe definirse por su pureza de origen ni por la moneda en la que expresa sus transacciones. Tampoco por autoridad tributaria-aduanera que determine los requisitos de origen para imponerle sus peores tasas. Aquellas de las que no se puede escapar. Tampoco por un ministerio, ni educación ni de cultura, que han tratado de explicar el Perú con una palabra: Mestizaje.
A mi entender, la peruanidad económica es, y siempre será, resultado de simbiosis creadora. Por más que machaquen que somos resultado de la mezcla entre lo indígena y lo español. Del “bendito” mestizaje. Olvidándose de nuestras propias conquistas, migraciones, transformaciones e inversiones. Las de peruanos en estas tierras. La economía es resultado de interacción entre pueblos, territorios, necesidades, conocimientos y recursos, que producen nuevas formas de trabajo, empresa, propiedad y de prosperidad.
Pero la abundancia peruana no es un decorado. Demanda fortaleza cruzar su territorio. Determina relaciones, ofrece posibilidades distintas y condiciona costos. Según Javier Pulgar Vidal “los españoles, más preocupados en consolidar su conquista, no profundizaron en el conocimiento que el hombre peruano tenía de su propio territorio”. Eso se muestra desde que describen su transitar desde el mar. En el cual utilizaron denominaciones propias españolas como: costa, sierra, cordillera, montaña y selva.
Desconociendo la chala, yunga, quechua, suni, puna, janca, rupa rupa y omagua, peruanas. Ocho regiones, realidades, problemas y soluciones distintas. Todas ellas denominadas por propios peruanos. Por ello, el peruano sabe que no se emprende igual desde Lima que desde Puno. Tampoco en la chala piurana que en la yunga trujillana. Las cordilleras producen multiplicidad de alturas, aislando pueblos con barreras naturales al comercio formando “islas terrenales”. Por ello no se emprende igual en una comunidad quechua alto andina que en la rupa rupa del oriente norperuano.
Sin embargo, nuestra élite todavía gobierna como si el país fuera una planicie administrada desde Lima. Diseña normas desde oficinas que desconocen la distancia, altura y estaciones a donde pretenden impactar. En síntesis, no toman en consideración reglas de la naturaleza, diferencias y dificultades. Olvidando que la selección de la ubicación de “colcas, tambos y huarmeyes” fue la clave para el dominio del territorio peruano durante todo el año. Por ello no entiendo que se escandalicen de millones que permanecen en la informalidad, si primero construyen un Estado imposible de cumplir para luego criminalizar a quienes sobreviven en él.
Pero continuemos con nuestro recorrido, Javier Pulgar Vidal nos recuerda también, que los peruanos, antes de la conquista, conocían de la industria de la conservación de alimentos y su almacenamiento. Las familias no necesitaban obtener, ni por la vía del comercio, ni del “estado”, grandes volúmenes de alimentos. Las familias simplemente sacaban de sus “siguas”[1]. Por ello, mientras el mestizaje describe una mezcla. Una simbiosis describe una transformación. Por ello, la peruanidad económica no es nostalgia de lo colonial ni reserva indígena. Es simbiosis creadora.
Ello porque la peruanidad económica significa derrota al privilegio, al desperdicio y la indiferencia, al maximizar la productividad del “chalan o chalaco”, del “yuncacho”, del “quechua”; del “chuncho” y del “charapa”, nombres que identifican a los pobladores de las regiones del Perú, elevando la productividad de la peruanidad porque los incorpora en la nueva dinámica económica, no por defender la propiedad privada, el libre mercado, o el libre comercio. La elevación de la productividad de la peruanidad no ocurre en esas defensas porque las oportunidades están corroídas al depender del apellido, del colegio o la cercanía al compadre limeño.
El nacionalismo económico popular en el Perú protege el derecho a emprender porque la simbiosis creadora no está en someter la economía, la inversión y el desarrollo “al bien común”. Porque dentro de una geografía muy fragmentada “el bien común” también se “fracciona” producto de posiciones de geográficas de privilegio. Lo que no hay es supremacías de unos sobre otros, todos los posibles beneficiarios tienen solidario interés en que lo proyectado se concrete. Así definió Haya De la Torre este concepto dentro del regionalismo aprista[2].
Para Haya De la Torre el regionalismo aprista es geográficamente trasversal incluyendo el mar de Grau. Los explotados son todos los necesitados, son todos los olvidados; y, por lo tanto, todos de solidario interés en que se concrete lo postergado. El regionalismo es elemento de progreso y cooperación entre las diferentes áreas económicas, porque rechaza naturalmente el sometimiento de unas regiones sobre otras, de un distrito sobre otro de una parte de la cuenca sobre otra. Sentenció Haya De la Torre, que: “donde se impone unos sobre otros, cualquiera que estos sean, es que se presenta el regionalismo de los explotadores”.
Por lo tanto, las prácticas comunitarias andinas pueden combinarse con propiedad, mercados regionales y tecnología digital. El conocimiento amazónico puede encontrarse con la investigación científica y la industria. Lo mismo que en la coexistencia de religiones, en la al se puede convivir porque no hay privilegios. Así, en la simbiosis creadora, la herencia hispánica puede, sin pretender privilegios, coexistir, junto con la peruanidad los capitales asiáticos, las técnicas norteamericanas y las redes europeas.
En la simbiosis creadora hay una convicción elemental: el peruano tiene solidario derecho a emprender desde su realidad geográfica, económica y cultural. No tiene por qué ser obligado a algo, ni a renunciar a nada, ni a su lengua, sus conocimientos, creencias o su organización comunitaria, por lo cual pureza en el libre emprendimiento es ausencia de estorbo por parte del estado, en todos sus niveles. La historia demuestra que ni la inversión privada es indispensable, ni la estabilidad y la seguridad jurídica lo es.
En el nacionalismo económico popular el éxito no se mide porque se consigue un empleo donde abunda el empleo. Porque se logre crecer, la familia mejore la calidad de vida o se salga del olvido. Es porque se conquista y domina el territorio que le pertenece a la peruanidad. No se dejan áreas al olvido, al control de otros, al desperdicio, ni al descuido.
Porque el Perú no pierde identidad cuando incorpora algo extranjero. Pierde, cuando lo recibe pasivamente, sin aprender ni fortalecer capacidades nacionales. Por ello, para el nacionalismo económico popular, el problema no es la inversión extranjera en sí. Está en recibirla como colonia. La inversión que extrae recursos y abandona empobrecidos territorios, destruye, genera dependencia. La que transfiere tecnología, forma trabajadores y alimenta otras empresas locales, se está integrando a la peruanidad económica.
La libertad económica exige infraestructura, propiedad y seguridad. No existe peruanidad económica, libre e independiente, mientras una comunidad tarde días en llevar sus productos al mercado, ni tenga que pagar comisiones, cupos o extorsiones al hacerlo. Quien se opone a que fluyan carreteras, riegos, energía, internet y seguridad interna, no protege a los pueblos, protege su aislamiento y explotación.
Por ello la peruanidad económica, como simbiosis creadora, es libertad del peruano para emprender desde su territorio, incorporar conocimiento propio y extranjero, para transformar responsablemente lo recibido. La esencia del nacionalismo económico popular en el Perú está en la libertad para emprender de la mejor forma, porque no se puede hablar libre mercado cuando créditos, licencias y contratos circulan entre círculos cerrados, ni de libre comercio, cuando se tiene un territorio lleno de barreras naturales al comercio, junto con otras impuestas por la indiferencia y la ambición. Eso no es competencia: es mercantilismo.
Termino recordando que el comunismo tampoco ofrece salida. Sustituye la creatividad de millones por la orden burocrática, convierte al ciudadano en solicitante y quiere imponer uniformidad sobre un país heterogéneo. Ninguna planificación central puede aspirar a integrar la complejidad territorial del Perú. El país necesita libertad creadora, no obediencia económica. Por lo que una derecha que protege empresas establecidas, pero no el derecho de millones a convertirse en empresarios, entrega al comunismo la representación del peruano trabajador.
El Perú no necesita elegir entre tradición y modernidad, comunidad y empresa, identidad y comercio. Necesita imponer una condición nacional: todo capital, tecnología y política deben ampliar la capacidad creadora del peruano. Porque una nación que solo exporta recursos sigue siendo territorio. Una nación que importa modelos sin transformarlos sigue siendo dependencia. El Perú será plenamente nación cuando deje de administrar su pobreza y movilice el poder de sus regiones trasversalmente. Porque quien construye infraestructura solo para transportar minerales no construye peruanidad.

